Suelta al Chapito

“Así como en Culiacán, hay “posesiones” cotizadas que desatan infiernos ante los que es necesario ceder. Puedo recordar situaciones a las que, como el ejército, entré sin consideraciones, sin estrategia y sin prever el pandemónium incontrolable al que llegaría.”

No recuerdo cuando dejé de creer en Santa Claus ni lo que sentí al salir del error. Lo que sí recuerdo fue el día en que me confundí de noche de Reyes Magos y mi hija amaneció con árbol vacío. Entré en pánico al ver su rostro triste y confesé; supongo que no soy buena bajo presión. Aunque su respuesta fue que lo sospechaba, aún me dice que debí encontrar una forma más creativa para salir de la situación. Tenía cinco o seis años y, efectivamente, pude haber encontrado una explicación alternativa para mantener el mito intacto aunque sea un año más. Después hay pocas fantasías a las que podamos asirnos. 

Ya sea porque el budismo se puso de moda en occidente o porque el occidente necesita cada vez más la aproximación a la vida que el budismo propone, el “dejar ir” es parte del argot new age. Uno de los principios de la filosofía budista es que el desapego nos conduce a la libertad personal y al equilibrio emocional. Secundo ampliamente y afirmo que Don Buda sabía de lo que hablaba. Aferrarme es causa frecuente de mis humanos pesares y dolores y, sospecho, de los de millones personas más. La lista del apego es nutrida y nada trivial: relaciones, posesiones, expectativas, identidad, prestigio y el propio vivir. 

Dejar de tener metas o de amar es para las amibas. El desapego es algo aún más difícil: es confrontar el miedo a la pérdida. Yo habito el espacio entre los extremos de la amiba y de la iluminada. En este espectro hay inseguridades, ansiedades, tensiones y miedos derivados del miedo a perder. También hay conciencia acerca de estas reacciones y la intención de sobreponerme a ellas o, como mínimo, de no imponerlas sobre los demás. El segundo escenario suele ser el más frecuente. 

Hay muchas cosas escritas allá afuera acerca de dejar ir. Algunas frases me gustan tanto que las llevo en mí a manera de tatuajes invisibles. Estas  frases están llenas de sabiduría pero no comunican la zozobra, la ambivalencia y la urgencia asociadas con lo que a veces hay que soltar. Se nos note o no, dejar ir duele, enoja, frustra, intimida y atemoriza. Si lo expresamos en lenguaje emoji, dejar ir iría acompañado de muchas caritas llorando, caritas rojas de ira, bombas y explosivos.

A manera de menú de restaurante vegano, distingo cuatro tipos de actos de dejar ir.

El desapego Dalai Lama 

“La mayoría de nuestros problemas tienen sus origen en el apego a las cosas que de forma errónea creemos permanentes.”

Este es el desapego de categoría premium existencial. Implica vivir bajo la premisa contracultural de la impermanencia del ser y de los fenómenos. Dicho en palabras peatonales, esto quiere decir que nada es para siempre y que mucho de a lo que asignamos valor, en realidad no lo tiene en sí mismo. Así, impermanentes y fuera de nuestro control son los amores más sentidos, los estilos de vida, el prestigio y la salud.

El desapego Lao Tzu

 “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que podría ser. Cuando dejo ir lo que tengo, recibo lo que necesito.”

La modalidad Lao Tzu nos obliga a la práctica cotidiana. Es el proceso que nos permite dejar atrás etapas, expectativas, trabajos, geografías y relaciones sin que sus sombras nos impidan entrar a vivir lo nuevo y lo diferente. Aquí cabe mucho y diverso, desde pérdidas torrenciales y digestión de desarraigos, hasta la aceptación gradual y digna de las arrugas.

El desapego Rebecca Solnit

“El secreto no es olvidar sino dejar ir. Y cuando todo se ha perdido serás rico en la pérdida.”

Rebecca Solnit nos da margen de maniobra. La memoria, en su perene variabilidad y plasticidad de interpretación, hace llevadero el dejar ir. A menos que una condición mental nos lo impida, la memoria mantiene y renueva lo que no permanece. Es por los recuerdos que estoy en desacuerdo con la inexistencia del pasado. El pasado es pasado cuando hay olvido, pero presente transmutado cuando se convierte en memoria.

El desapego tipo Chapito

Para este tipo de desapego no tengo una frase, sino la imagen de Culiacán en llamas.

Sin afán de frivolizar una situación claramente dolorosa y compleja, la imagen de la captura y posterior liberación del hijo del Chapo Guzmán me recuerda algunos dramas emocionales que deberían cerrar con desapego. Mal o bien decidido y a pesar de ser presa valiosa, al Chapito lo liberaron porque ardía la ciudad, porque no pudieron controlar el caos y porque había vidas en riesgo. Antes de que alguien salte por la referencia o por mi interpretación de ella, aclaro que no busco analizar a fondo la situación. Mi razón está del lado del estado de derecho y no de la interpretación política de la justicia que hizo el presidente. Solo quiero usar la imagen.

Así como en Culiacán, hay “posesiones” cotizadas que desatan infiernos ante los que es necesario ceder. Puedo recordar situaciones a las que, como el ejército, entré sin consideraciones, sin estrategia y sin prever el pandemónium incontrolable al que llegaría. Me aferré porque se trataba de algo valioso para mí y a costa de otras cosas igual o más importantes que el objeto de mi empeño, como el amor propio y la salud mental. En esos casos no se requiere mayor filosofía budista, solo hay que soltar al Chapito y seguir adelante.

No aspiro a ser amiba ni estoy cerca del Nirvana de la iluminación. Practicar el desapego me es difícil; mis Santa Claus son robustos y se resisten a perecer. Lo que me consuela y da valor es pensar que la práctica del desapego me acercará cada día más a uno de los pocos territorios posibles: el aquí y el ahora. Lo que queda atrás queda adentro y, como dijo Rebecca Solnit, me hace rica en la pérdida.

Así que, a soltar al Chapito.

2 comentarios sobre “Suelta al Chapito

  1. —leí una columna muy parecida en el New York Times hace algunos años… la intención de popularizar el budismo es tan tergiversable como lo es la interpretación *pop* del “dejar ir”, tal cual la del “desapego” tipo Solnit que igualmente nos refieres… al margen de la ortodoxia conservadora de tales interpretaciones, me queda clarísima la intención un tanto oportunista de tu propia interpretación de las máximas más populares del budismo, situando el reciente evento en tierra culichi, pero es evidente que se te atoró en el discurso por cuanto a tu llamado a olvidarnos del caso… y/o a que sigamos creyendo en los Reyes Magos. 😉

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