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El coro que desplaza nuestra voz de solista*

Los roles de colaboradora y de orquestante discreta me son naturales y los nutro con técnica y consciencia. No obstante, mentiría si digo que los vivo sin tensiones internas. Hay una diva en mí que ha tenido que aprender a unirse al coro.

De poder elegir entre cantar como María Callas o tocar en un cuarteto de cuerdas, optaría por lo primero.  Sería María y tendría voz de ventisca. Portaría vestuarios operáticos con la misma comodidad con la que ahora paseo en bata de baño por mi casa. Interpretaría a Isolda con teatralidad y con el peinado intacto. Sería María, La Divina; Aristóteles Onassis y yate incluidos. 

María Callas luciendo regia.

Aunque la ópera es un gusto adquirido, la verdad es que saboreo mucho más la música de cuerdas. El punto de mi desahogo mental es disfrutar la (im)posibilidad de ser otra sin el estorbo del deber-ser de mi ego. Una solista como Callas es visible al mundo de una forma en que pocos músicos de cuerdas lo son y mucho menos lo soy yo. Tal vez en eso reside en parte el culto por artistas y deportistas. Son individuos que, más allá de sus talentos, gozan en abundancia de dos nutrientes sociales que todos anhelamos y necesitamos: reconocimiento y afecto. Las cúspides de sus pirámides Maslow rebosan y se desbordan como lava caliente.

La diferencia entre La Divina y yo va más allá de la tesitura de nuestras voces y el largo de nuestros cuellos. Mi voz y persona no son de solista, sino de quien organiza y participa en coros, muchas veces, detrás de escena. Por supuesto, no hablo de música sino de colaboración; me dedico a ayudar a habilitar las voces y trabajo de otros, así como a propiciar el trabajo conjunto. Servir a los demás y colaborar implican conocer la voz y perspectiva propias, al tiempo que se explora, interpreta y acomoda las de los demás.

Los roles de colaboradora y de orquestante discreta y colaboradora me son ya naturales y los nutro con técnica y consciencia. No obstante, mentiría si digo que los vivo sin tensiones internas. Hay una diva en mí que ha tenido que aprender a unirse al coro. Reconozco el reto y trabajo emocional que implica no estar en los reflectores y exponer mis interpretaciones y propuestas de solución individuales. Reconozco también lo difícil que puede ser la falta de reconocimiento al trabajo detrás de escenas y la disciplina que requiere escuchar aplausos a terceros sin correr a recibirlos. ¿Suena patético? No creo que lo sea. Creo que es profundamente humano y que es una de las numerosas dinámicas ocultas que limitan la colaboración. 

Imaginen una habitación en la que 25 personas inteligentes, capaces y exitosas buscan encontrar una solución conjunta a un problema. Imaginen ahora que 15 de estas personas tienen un solista interno que no puede evitar estallar en vibrantes arias. ¿Tienen la imagen en mente? En ocasiones así suenan este tipo de reuniones. Muchos cantan solos y lo hacen bellamente; el problema es la cacofonía que resulta al tener a los 15 cantando cada quien su aria y al mismo tiempo. 

Francamente, creo que la cultura de la colaboración puede atenuar nuestra diva interna pero no desaparecerla. Me parece esencial practicar tonadas y participar en coros, al tiempo que se reconoce y canaliza al solista. Eso no solo involucra conocer y afinar nuestra voz e intención, sino también identificar los momentos adecuados para ponerlos en práctica. Hay momentos para hablar fuerte, claro y sola, mientras que otros –los más- lo son para escuchar, comprender, enlazar y construir en conjunto. Los primeros requieren ciertos rasgos de carácter y capacidades y los segundos de otros.

En procesos grupales, veo valor en identificar el tipo de reconocimiento que requiere cada participante y en crear los espacios y oportunidades para abastecerlos. Dado que soy intuitiva, pero no adivina, identificar qué necesita quién no ocurre sin observación. Sobre todo, este tipo de distinción se facilita a través de la conversación y el genuino interés en ver y comprender a la persona y al rol que juega en el grupo. 

En estas líneas que escribo canta mi María Callas. Más tarde, tras el café matutino, dejaré que su voz de solista sea desplazada por las muchas y diversas voces dispuestas a cantar conmigo.

Gabriela Anaya R.

*Título derivado del poema “Everything is waiting for you”, de David Whyte.