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Estática epidémica

Tuve esta página abierta desde hace varias semanas. La página se habitó parcialmente, pero nada de lo escrito me hacía sentido o se sentía real. Mi intención era escribir acerca del paisaje emocional de la pandemia, pero sin éxito alguno. Lo único que escuchaba y veía en mi interior era estática interrumpida de vez en cuando por un canto de pájaro e imágenes al azar. 

Lo mío no es la reacción de vía rápida, sino la digestión gradual de las experiencias. Primero me pasmo o niego, después me hago lío, prosigo con ansiedades y, solo cuando este trío termina su espectáculo, logro tener una alguna dosis de claridad de entendimiento. Eso explica que solo hasta el segundo tiempo de los últimos tres meses haya logrado interiorizar la magnitud y obstáculos del laberinto epidémico. Me está tomando más tiempo reconocer las consecuencias más amplias, de mas largo plazo y que involucran a quienes viven distinto a mí.

Las frases hechas no me ayudan en la digestión del contexto. Palabras como “la nueva normalidad,” “situación sin precedente,” “atolladero evolutivo” y “el mundo que ya no existe” solo aumentan el volumen de mi confusión. La primera frase me hace pensar en un escenario tipo Aldous Huxley cuando, lo que percibo dentro y fuera de mí, es una realidad continua que, aunque cambiante, no se renueva del todo y mantiene elementos que le son propios. Tampoco logro identificarme con el optimismo de las personas que anuncian la llegada de un nuevo orden moral, económico y social. Tal vez soy cínica, pero no logro aceptar que lo que ahora apesta se volverá mas virtuoso cuando el infortunio, ahora rampante, se desdibuje con el olvido.

La realidad, sin esconderse, nos pilla por sorpresa y con estrépito. La epidemia no crea una nueva realidad, solo quita el velo a la ya presente y retira, sin gentileza, los algodones que usamos para amortiguar los hechos duros de la existencia. Somos breves, somos vulnerables y estamos absurdamente mal equipados para lidiar con estresores. Solo así puedo explicarme las compras de pánico de papel sanitario, el altísimo número de noticias y comentarios acerca de la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis y la histeria racista. Las mejores palabras que la reflexión crítica puede ofrecer no tienen posibilidad alguna de rating frente a la ráfagas de miedo y las imágenes apocalípticas. No hay héroes ni covidiotas; somos tan humanos como siempre y se nos nota más por estar en una situación límite compartida.

No es de sorprender entonces que una se quede pasmada y sin saber dónde terminan los hechos e inicia la fantasía. Hasta las medidas públicas parecen bailar en esa frontera ambigua que lo mismo gestionan percepción y medio que epidemiología. El virus es el enemigo común, es “lo otro” que nos amenaza y no hay heroína o héroe tipo Marvel que salve el día. Por lo menos, no el día de hoy. Esperamos con ansía la vacuna igual que un niño sentado en el asiento trasero de un auto, durante un largo viaje, que pregunta constantemente —¿ya casi llegamos?

Los pequeños y abundantes actos de gentileza espontánea y organizada que ocurren durante estos días atenúan la desazón. Si la llamada o mensaje afectuoso para preguntar cómo se está aligera la carga, no puedo ni imaginar lo que es recibir una despensa cuando bolsillo y alacena están vacías. La solidaridad es necesaria, aún indispensable, pero no resuelve la pregunta de fondo: ¿cómo vamos a vivir con el virus y qué haremos como individuos y como comunidad para afrontarlo?

El ruido blanco, como el de la estática, es sonido no estructurado. Emite todas las frecuencias a la misma potencia y hace que escuchemos una cantidad masiva de información aleatoria que ayuda a mitigar otros sonidos que generan molestia. Por eso se usa para ayudarnos a dormir, a ignorar ronquidos y a concentrarnos mejor. Me hace total sentido entonces que la reacción inicial ante la pandemia parezca sonido de estática y que sirva como mecanismo de protección ante información que incomoda e intimida. Pero, así como  la exposición prolongada al ruido blanco es insostenible para el cerebro, quedarse en la estática epidémica es poco recomendable para las personas y para nuestras pequeñas y grandes comunidades.  Voy a apagar el ruido, dar cara a los hechos y seguir adelante. 

La banda sonora de estos meses es ruido de estática y el sentimiento en juego es el miedo. No digo que lo sea para equipos médicos dando la batalla en hospitales o para familias sufriendo la pérdida de un ser querido del que no pudieron despedirse. Es mi condición y la comparto en caso de que otras personas se pregunten, como yo, si eso les califica como “covidiotas.”