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En defensa de mi esposa

Crecí en una familia que no tenía los recursos económicos para pagar viajes a Yellowstone o al Serengueti. Mi primer conocimiento acerca de las áreas naturales protegidas del mundo (ANPs) fue a través de programas de televisión y documentales que mostraban oseznos trotando tras su madre en parajes boscosos. Los osos en la ventana cinescópica, las luciérnagas en el terreno baldío al lado de mi casa y los libros de naturaleza que la madre me regaló hicieron la magia: la naturaleza me enganchó.

Elegí el tipo de trabajo que quería hacer tras participar en la creación del Parque Nacional Cabo Pulmo. Después, tuve la fortuna de dirigir un área natural protegida y de ayudar a crear algunas más. A este amor inicial por las ANPs le siguieron muchos otros amores temáticos, pero mi corazón tiende al acomodo en capas. Continúo involucrada en asuntos de áreas protegidas y algunas de las formas más significativas en las que lo hago son a título personal y sin remuneración. No es chamba, es gusto y causa.

Uno de mis momentos favoritos en tantos años de cercanía con las ANPs fue en la Isla Espíritu Santo. Tras muchos y tensos líos para regresar la propiedad de la isla a la nación, me tocó recibir el documento oficial en el que se reconocía el cambio. Lo que pudo ser trámite burocrático se convirtió en una especie de boda entre la isla y yo, en una de sus playas mas icónicas y sin medios de comunicación. No hubo vestido blanco sino uniforme azul, pero sí hubieron palabras de intención y testigos con lágrimas en los ojos. Uno de ellos fue el mítico Timoteo Means. Desde entonces bromeo diciendo que la isla es mi esposa, pero atrás de la gastada broma hay cariño copioso y lealtad hacia ese pedazo de tierra que flota en el mar que es mi hogar.

En un mundo perfecto no habría áreas naturales protegidas. Tampoco habría calentamiento global, pérdida de biodiversidad o contaminación. No habría porque sabríamos reconocer y negociar mejor el interés público con el interés privado. Todo indica que como sociedad aún somos lerdos en la tarea de balancear intereses, así que necesitamos identificar lugares que son especiales y decir “aquí haremos las cosas de manera diferente.” Eso es lo que son las ANPs: lugares en los que hacemos el compromiso de hacer mejor las cosas por el bien de la naturaleza y por el bien de nosotros mismos. Llámenme cursi o neoliberal, pero veo belleza en ese tipo de compromiso y propósito.

Me emocionan los tweets, posts de Instagram y demás expresiones recientes de interés de  personas desconocidas y conocidas que piden que haya financiamiento para las ANPs. Soy una de estas miles de voces y sonrío desde aquí al resto. Tal vez es sueño guajiro, pero elijo pensar que no será algo aislado. Mas allá del contexto presente, espero que muchas de estas personas  (famosas y no) seguirán usando su voz y elocuencia para hablar por la naturaleza. Yo seguiré también, en las buenas y en las malas, en defensa de mi espectacular esposa.

Mi espectacular esposa: Isla Espíritu Santo (fotografía de Javier Rodríguez, cortesía de la Sociedad de Historia Natural Niparajá.