Estática epidémica

Tuve esta página abierta desde hace varias semanas. La página se habitó parcialmente, pero nada de lo escrito me hacía sentido o se sentía real. Mi intención era escribir acerca del paisaje emocional de la pandemia, pero sin éxito alguno. Lo único que escuchaba y veía en mi interior era estática interrumpida de vez en cuando por un canto de pájaro e imágenes al azar. 

Lo mío no es la reacción de vía rápida, sino la digestión gradual de las experiencias. Primero me pasmo o niego, después me hago lío, prosigo con ansiedades y, solo cuando este trío termina su espectáculo, logro tener una alguna dosis de claridad de entendimiento. Eso explica que solo hasta el segundo tiempo de los últimos tres meses haya logrado interiorizar la magnitud y obstáculos del laberinto epidémico. Me está tomando más tiempo reconocer las consecuencias más amplias, de mas largo plazo y que involucran a quienes viven distinto a mí.

Las frases hechas no me ayudan en la digestión del contexto. Palabras como “la nueva normalidad,” “situación sin precedente,” “atolladero evolutivo” y “el mundo que ya no existe” solo aumentan el volumen de mi confusión. La primera frase me hace pensar en un escenario tipo Aldous Huxley cuando, lo que percibo dentro y fuera de mí, es una realidad continua que, aunque cambiante, no se renueva del todo y mantiene elementos que le son propios. Tampoco logro identificarme con el optimismo de las personas que anuncian la llegada de un nuevo orden moral, económico y social. Tal vez soy cínica, pero no logro aceptar que lo que ahora apesta se volverá mas virtuoso cuando el infortunio, ahora rampante, se desdibuje con el olvido.

La realidad, sin esconderse, nos pilla por sorpresa y con estrépito. La epidemia no crea una nueva realidad, solo quita el velo a la ya presente y retira, sin gentileza, los algodones que usamos para amortiguar los hechos duros de la existencia. Somos breves, somos vulnerables y estamos absurdamente mal equipados para lidiar con estresores. Solo así puedo explicarme las compras de pánico de papel sanitario, el altísimo número de noticias y comentarios acerca de la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis y la histeria racista. Las mejores palabras que la reflexión crítica puede ofrecer no tienen posibilidad alguna de rating frente a la ráfagas de miedo y las imágenes apocalípticas. No hay héroes ni covidiotas; somos tan humanos como siempre y se nos nota más por estar en una situación límite compartida.

No es de sorprender entonces que una se quede pasmada y sin saber dónde terminan los hechos e inicia la fantasía. Hasta las medidas públicas parecen bailar en esa frontera ambigua que lo mismo gestionan percepción y medio que epidemiología. El virus es el enemigo común, es “lo otro” que nos amenaza y no hay heroína o héroe tipo Marvel que salve el día. Por lo menos, no el día de hoy. Esperamos con ansía la vacuna igual que un niño sentado en el asiento trasero de un auto, durante un largo viaje, que pregunta constantemente —¿ya casi llegamos?

Los pequeños y abundantes actos de gentileza espontánea y organizada que ocurren durante estos días atenúan la desazón. Si la llamada o mensaje afectuoso para preguntar cómo se está aligera la carga, no puedo ni imaginar lo que es recibir una despensa cuando bolsillo y alacena están vacías. La solidaridad es necesaria, aún indispensable, pero no resuelve la pregunta de fondo: ¿cómo vamos a vivir con el virus y qué haremos como individuos y como comunidad para afrontarlo?

El ruido blanco, como el de la estática, es sonido no estructurado. Emite todas las frecuencias a la misma potencia y hace que escuchemos una cantidad masiva de información aleatoria que ayuda a mitigar otros sonidos que generan molestia. Por eso se usa para ayudarnos a dormir, a ignorar ronquidos y a concentrarnos mejor. Me hace total sentido entonces que la reacción inicial ante la pandemia parezca sonido de estática y que sirva como mecanismo de protección ante información que incomoda e intimida. Pero, así como  la exposición prolongada al ruido blanco es insostenible para el cerebro, quedarse en la estática epidémica es poco recomendable para las personas y para nuestras pequeñas y grandes comunidades.  Voy a apagar el ruido, dar cara a los hechos y seguir adelante. 

La banda sonora de estos meses es ruido de estática y el sentimiento en juego es el miedo. No digo que lo sea para equipos médicos dando la batalla en hospitales o para familias sufriendo la pérdida de un ser querido del que no pudieron despedirse. Es mi condición y la comparto en caso de que otras personas se pregunten, como yo, si eso les califica como “covidiotas.” 

En defensa de mi esposa

Crecí en una familia que no tenía los recursos económicos para pagar viajes a Yellowstone o al Serengueti. Mi primer conocimiento acerca de las áreas naturales protegidas del mundo (ANPs) fue a través de programas de televisión y documentales que mostraban oseznos trotando tras su madre en parajes boscosos. Los osos en la ventana cinescópica, las luciérnagas en el terreno baldío al lado de mi casa y los libros de naturaleza que la madre me regaló hicieron la magia: la naturaleza me enganchó.

Elegí el tipo de trabajo que quería hacer tras participar en la creación del Parque Nacional Cabo Pulmo. Después, tuve la fortuna de dirigir un área natural protegida y de ayudar a crear algunas más. A este amor inicial por las ANPs le siguieron muchos otros amores temáticos, pero mi corazón tiende al acomodo en capas. Continúo involucrada en asuntos de áreas protegidas y algunas de las formas más significativas en las que lo hago son a título personal y sin remuneración. No es chamba, es gusto y causa.

Uno de mis momentos favoritos en tantos años de cercanía con las ANPs fue en la Isla Espíritu Santo. Tras muchos y tensos líos para regresar la propiedad de la isla a la nación, me tocó recibir el documento oficial en el que se reconocía el cambio. Lo que pudo ser trámite burocrático se convirtió en una especie de boda entre la isla y yo, en una de sus playas mas icónicas y sin medios de comunicación. No hubo vestido blanco sino uniforme azul, pero sí hubieron palabras de intención y testigos con lágrimas en los ojos. Uno de ellos fue el mítico Timoteo Means. Desde entonces bromeo diciendo que la isla es mi esposa, pero atrás de la gastada broma hay cariño copioso y lealtad hacia ese pedazo de tierra que flota en el mar que es mi hogar.

En un mundo perfecto no habría áreas naturales protegidas. Tampoco habría calentamiento global, pérdida de biodiversidad o contaminación. No habría porque sabríamos reconocer y negociar mejor el interés público con el interés privado. Todo indica que como sociedad aún somos lerdos en la tarea de balancear intereses, así que necesitamos identificar lugares que son especiales y decir “aquí haremos las cosas de manera diferente.” Eso es lo que son las ANPs: lugares en los que hacemos el compromiso de hacer mejor las cosas por el bien de la naturaleza y por el bien de nosotros mismos. Llámenme cursi o neoliberal, pero veo belleza en ese tipo de compromiso y propósito.

Me emocionan los tweets, posts de Instagram y demás expresiones recientes de interés de  personas desconocidas y conocidas que piden que haya financiamiento para las ANPs. Soy una de estas miles de voces y sonrío desde aquí al resto. Tal vez es sueño guajiro, pero elijo pensar que no será algo aislado. Mas allá del contexto presente, espero que muchas de estas personas  (famosas y no) seguirán usando su voz y elocuencia para hablar por la naturaleza. Yo seguiré también, en las buenas y en las malas, en defensa de mi espectacular esposa.

Mi espectacular esposa: Isla Espíritu Santo (fotografía de Javier Rodríguez, cortesía de la Sociedad de Historia Natural Niparajá.

Una carta de amor y una canción desesperada

Hoy es el Día Internacional de los Océanos. A veces olvido que estudié Biología Marina porque la vida me ha permitido marchar hacia la interdisciplinariedad y diletantismo que mejor reflejan mi personalidad. Mi vida laboral se alejó de la diligencia que requieren las ciencias marinas exactas y transcurre en los malabarismos sociales, políticos, económicos y legales que se requieren para reconciliar la salud de los mares con las actividades humanas y el bienestar de las personas.

Cuando una comparte que es bióloga marina u oceanóloga, algunas personas tienden a imaginar estilos de vida de aventura e impráctico glamour. No lleno el estereotipo, así que dejé de presentarme como tal. No soy dueña de una embarcación y me desmayo al bucear, pero llevo en mí al mar como si fuera uno de mis órganos. Ese es el asunto con el mar: se te filtra y una pasa el resto de sus días sonando a olas y con sardinas nadando en el interior. 

He pensado en el mar, en los ríos y en los bosques durante estos días de confinamiento pandémico en un departamento de ciudad. Aquí no hay mar que reste viscosidad a las horas, ni río que mantenga su dignidad hídrica intacta. La redención de las calles a mi alrededor son los árboles que dan fe de que la primavera no transcurrió en vano. No me quejo. Me gustan esta ciudad y sus bravatas, pero extraño el mar como se extraña a un ser querido cuya ausencia se nota, aunque no se sufra. 

La añoranza de mar trajo a mi mente algo que leí en un libro de Rebecca Solnit (Una guía sobre el arte de perderse). Ella me recordó que el color azul es luz que se pierde. Viaja desde el sol hacia la tierra y se dispersa entre las moléculas de aire y agua. El agua del océano, de sí transparente, se llena de esta luz y se viste de azul. Lo mismo ocurre con ese tono especial de azul que vemos en el horizonte distante y que parece reunir a la tierra con el cielo. Ya que el azul tiñe aquello que no podemos alcanzar, hace sentido que las emociones de la nostalgia y anhelo se sientan en tonos de este color. Como dijo Rebecca, el azul es el color del lugar donde no estamos y el del lugar en el que nunca podremos estar.

Mi azulada necesidad de agua, sal y bosque me cae bien. Me cae bien porque me  devuelve algo que soy y siento desde que tengo memoria. En el quinto piso de la vida y en este departamento de la Ciudad de México soy aún la niña que adornó la recámara con su colección de hojas y rocas, la adolescente que huyo al mar a los 17 años, la mujer que reunió una amplia colección de timbres postales con plantas y animales del mundo, la interesada en áreas naturales protegidas, la admiradora de las personas que trabajan en la pesca y la persona que, absolutamente siempre, se sentirá mejor en el instante en que su cuerpo toca el agua marina. 

Solía pensar que los días internacionales de nada sirven. Tal vez sea así. Pero, tratándose del día en que se celebra el extraño, rico y bellísimo espacio azul, no puedo evitar llenar mis pulmones con un suspiro que absorbe oxígeno marino, escribir esta carta de amor y entonar una canción desesperada para que otras personas y mi país volteen hacia el mar.

Fuente: British Library (https://www.flickr.com/photos/britishlibrary/)

Muy mujer

No soy Simone de Beauvoir, ni protagonista del feminismo en mi país. Soy una de las 65 millones de mujeres mexicanas. Soy hija de mi madre, madre de mi hija, hermana de mis amigas y admiradora de tantas mujeres que no me alcanzan dedos de manos y pies para contarlas.

Soy mujer y hoy me siento más mujer que nunca. Mientras lo siento y escribo no uso lencería, ni lápiz labial rojo. No me siento más mujer por oposición, rencor o propósito de seducción a un hombre a mi lado. Tampoco porque esté embarazada o amamantando a un ser humano. Me siento muy mujer al ponerme en la piel de las mujeres y niñas que han sufrido y sufren violencia de género en mi país.

Como ocurre con otros temas que me rebasan, me había cerrado emocionalmente ante el tema de los feminicidios. Leo noticias, mi Twittósfera está llena de información, me mantengo “al tanto” y me involucro de algunas formas, pero lo había hecho desde una distancia sentimental y física seguras, libre de contaminación emocional y de riesgo. Me propuse ir a marchas, me propuse escuchar testimonios de las familias de víctimas, me propuse preguntar, me propuse leer y retener las cifras. Me lo propuse, pero no había hecho nada de eso.

Los casos recientes de feminicidios rompieron la distancia. No tengo vocabulario para hablar de la atrocidad y falta de humanidad de estos hechos, así que no intentaré describirlos. Palabras como odio, impunidad, dolor y terror se quedan cortas. Solo quiero compartir el efecto que tuvieron en mí y que me ha hecho cruzar la línea divisoria que separaba el “ellas” del “yo.”

Es paradójico que siendo tan sentimental no me había permitido sentir dolor profundo por lo que sucede a las mujeres en México. Después de todo, una de las cosas mas terribles es que los casos recientes son solo algunos de miles más. No obstante, había mantenido mi indignación en el hemisferio racional de la vida, que es un lado útil y masculino que facilita, protege y allana el camino. Sentir lo cambia todo porque me vulnera y con la vulnerabilidad no solo llega el riesgo y la exposición emocional, sino la rabia y las ganas de unirme a las protestas, a las propuestas, a las demandas y a los putazos, si es necesario.

Así como escucho a hombres que no entienden que vivimos un problema grave y nos quieren explicar y minimizar la situación, también escucho a mujeres que se niegan a dimensionar la violencia de género en México, que descartan a las activistas y que no se involucran. ¿Porqué? ¿Es porque también observan lo que ocurre con la distancia y racionalidad que reconocí en mí? ¿Es por sospechosismo? ¿Es porque se compran la narrativa oficial, la masculina o la religiosa? ¿Es porque lo ven como movimiento de jóvenes o como causa de élite? ¿Porqué? 

No todas tenemos que ser teóricas profundas o activistas del feminismo, pero todas tendríamos que interesarnos por la seguridad, la igualdad y el resto de los derechos humanos de las mujeres. Observemos, escuchemos, preguntemos, sintamos y actúemos. Observemos lo que ocurre alrededor; escuchemos qué dicen otras, cómo viven las cosas y qué proponen; preguntemos cómo es estar en la piel de mujeres que no se nos parecen y preguntémonos qué conductas machistas toleramos, qué normalizamos y qué reproducimos. Y sintamos también. Sintamos hasta con los dientes y actúemos en consecuencia.

Ya entendí. No son ellas, somos todas. No son crímenes aislados, es un sistema. No son cifras, son vidas. Esto es de fondo y tendríamos que estar juntas para enfrentarlo y eliminarlo. Ya entendí: soy mujer y ustedes también lo son.

Confesiones de una voz suave

“Mal puede tener la voz tranquila quien tiene el corazón temblando.” 

(Lope de Vega)

Esta es mi voz. La he usado prácticamente todos los días desde hace muchos años. Cuando la escucho me parece normal; de tono algo aniñado, tal vez, pero con volumen promedio. Sin embargo, solo yo parezco pensar así. A menos que haga un esfuerzo consciente por elevarla, casi todas las personas tienen dificultad para escucharme. 

Sé impostar la voz para controlar su intensidad, pero hacerlo me desagrada profundamente. Me hace sentir tan consciente de mí que el nivel y el tono se hacen más importantes que la intención y el contenido. Pierdo naturalidad y lo siento como si un entrecejo vocal se frunciera de repente frente a mis interlocutores y audiencia. ¿Querría alguien sonar ceñuda cuando no lo está por dentro? Yo no. 

Hay quienes piden amablemente que hable más alto, quienes se frustran y lo manifiestan y otros que fingen oír sin realmente hacerlo. Tras tanto tiempo de práctica puedo reconocer expresiones en los rostros y otras muestras del lenguaje corporal que denotan no poder escucharme. Me es más fácil modular la voz en respuesta a ese lenguaje, que hacerlo frente al enojo o para crear una impresión. Un torso demasiado inclinado hacia mí grita más que mi amiga Paulina cuando se exaspera con mi voz.

Puedo comprender la frustración de las personas porque experimento una emoción similar hacia el otro lado del espectro. Los tonos altos y las velocidades rápidas de voz me agotan. Intento hacer consciente mi intolerancia para no cerrarme al contenido de lo que se expresa, pero requiere un verdadero esfuerzo de mi parte. Hay muchas gritonas y gritones en el mundo y, francamente, lo encuentro innecesario e invasivo.

¿Nací así o me hice de esta voz? Lo ignoro. No han faltado hombres que pregunten qué me sucedió para hablar así (nunca lo preguntó una mujer, por cierto). Hubo uno que, tras una hora de conocerme, preguntó si fui violada en mi niñez. Nada de eso. Me recuerdo con voz baja desde que tengo memoria y, definitivamente, no lo hago con intención. Si la personalidad de mi madre u otros factores de infancia influyeron o no en mi volumen me parece ya irrelevante.

No tener una voz fuerte, grave y ampliamente audible tiene pros y contras. Suelo hablar para ser escuchada y preferiría ser juzgada por motivos más de fondo que no hablar como Chavela Vargas. Lo cierto es que controlo las percepciones de los demás tanto como al clima, así que solo queda reconocerlas, matizarlas en lo posible y convivir con ellas. Lo enfrento sin conflicto: no tener voz fuerte y grave limita mis posibilidades de ganar elecciones como también lo hace no tener testículos y no ser alta. Es afortunado entonces que no pretenda tener un cargo público por elección en un futuro cercano. Problemático es, por el contrario, ser percibida como alguien poco firme, reprimida, con inseguridad profunda o con debilidades que desdibujen. Todas estas son percepciones estudiadas y documentadas, no en mí, pero sí en torno a mis pares susurrantes del mundo.

Afortunadamente, existe el otro lado de la moneda. Dudo que mi tono de voz remita a sensaciones sombrías como la de Darth Vader y, por ende, no son pocas las personas que dicen que mi voz les tranquiliza y genera confianza (espero que no sea el silencio que escuchan). La ciencia también habla calladamente al respecto. Hay investigaciones que indican que nuestros cerebros prestan mas atención al volumen que a lo que se nos dice y que un susurro puede ser mas efectivo que un grito para comunicar un mensaje. Aunque me parece paradójico de cara a mis reducidas posibilidades de ser electa Presidenta, puedo ver la manera en que otros prestan atención a mis palabras por efecto del requerido silencio que se necesita para escucharlas. Funciona particularmente bien en momentos de tensión y conflicto cuando un aparente-grito más en la habitación podría derramar el vaso ya lleno.

¿Expresa el volumen de la voz la forma en que interactúamos con nosotros mismos y con los demás? Supongo que algo habrá de cierto en ello, al igual que la velocidad y la forma de respirar mientras hablamos. Las docenas de vídeos de YouTube con lecciones de vocalización y dicción para mejorar y liberar la voz reflejan pálidamente las muy reales repercusiones sociales del habla. Supongo también que debería aceptar que necesito esas lecciones, pero me resisto. Prefiero chupar helio.

Crecer la vértebra

No es fácil meditar mientras se está sentada con la espalda recta. Me ayuda imaginar que un hilo me sostiene desde la coronilla como si fuera una marioneta a la que se yergue desde lo alto. Es tan efectivo el truco que ahora imagino el hilo cuando la vida se me pone difícil y necesito soporte.

Erguir espalda y ánimo con ayuda externa (aun si imaginaria) me parece de lo mas humano y generalizado. La lista de personas, recursos, distracciones, ocupaciones, emociones y fantasías que me ayudan a mantenerme de pie y andante es nutrida:

  • Me he sentido lista a fuerza de buenas calificaciones.
  • Me he sentido guapa por efecto de palabras de otros.
  • Me he sentido conectada por la compañía.
  • Me he sentido viva a través de infatuaciones. 
  • Me he sentido motivada por incentivos y expectativas.
  • Me he sentido valiosa por trabajoadicta. 
  • Etc.
  • Etc.
  • Etc.

Cada punto de la lista cuenta como hilo de sostén y tensión.

La frase en inglés grow a backbone quiere decir “crecer la vértebra” y se refiere, figurativamente, a hacerse fuerte y a no sacarle a la primera. Sin menoscabo a los trillones de resilientes invertebrados del mundo natural, la columna vertebral como símbolo de temple y fuerza interior me hace total sentido (además, es menos sexista y levanta menos cejas que la latinoamericana expresión “crecer un par de huevos”).

Los seres humanos somos vertebrados por vía de evolución, pero adquirimos el otro tipo de “vértebra” lenta e intermitentemente. No me fío de las personas que aparentan tenerlas todas consigo: galanes hiperconfiados, emancipadas agresivas, líderes sacalepuntas, sus-altesas serenísimas (en esta categoría podría entrar yo) y ejemplares femeninos y masculinos de la subespecie homo sapiens cool. No es que desconfíe, sino que no puedo evitar verles y tratar de imaginar el tipo de dolor e inseguridad que existe bajo sus brillantes exoesqueletos.

No dudo que haya quienes han crecido su vértebra del todo. Yo no. Me agarro de uno que otro hilo y me frustro a ratos cuando no me los echan. Últimamente me he dado cuenta de que hay menos hilos conocidos de los que sostenerme. Atrás quedó el tiempo en que la medida de mi valía era el tiempo de trabajo; ya no puedo llenar horas vacías con la presencia de la hija; no creo más en las llamaradas de petate, y el bienquisto no es el tipo de hombre que se presta a amortizar mi inseguridad con halagos y falsas certezas. Supongo que es momento de crecer la vértebra.

La palabra adulto viene del latin adultus, que significa que ha concluido ya su proceso de crianza. Eso es cierto fisiológicamente, pero ¿alguna vez terminamos el proceso de crianza emocional? Cada etapa llega con sus cuellos de botella y aguas movedizas para los que no estamos preparadas. Mientras crecen las nuevas y necesarias vértebras para sostenernos en esa etapa, hay que hacerse de arrimos que den consistencia y flotabilidad…incluso si se trata del imaginario hilo que ahora me yergue como marioneta.

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La otra orilla

Tiendo a ser agudamente consciente de la diferencia. Las mujeres de la comunidad indígena con quienes compartía el camión de pasajeros cuando era niña fueron algunas de mis maestras, así como las mujeres genética o cosméticamente europeizadas que llegaban a mi colonia los fines de semana. Mi cerebro es propenso a observar e interiorizar detalles y conductas. Por eso, no exagero al decir que absorbí los atuendos, tonos de voz, aromas y movimientos corporales de esas mujeres. Las unas, vestidas con abiertos huipiles azules ceñidos en la cintura, llenaban mis recorridos a casa con palabras incomprensibles y con olores incisivos de calor Morelense. Las otras, delgadas y vestidas con colores claros, ocupaban los jardines y piscinas con sus pláticas dejando tras sí coletazos de perfume que ofendían a mi nariz. Ambos tipos de mujeres eran tan lejanas y diferentes entre sí como lo eran de las mujeres variopintas de mi familia. Las vidas de todas ellas discurrían en un mismo espacio geográfico, pero incomunicadas por cauces que parecían innavegables.

¿Nos ocurre a todos? Hasta hace poco, mi identidad se alimentaba de la conciencia de la diferencia y de la intención de marcar distancia con algunas de sus vertientes. Es decir, yo era porque no era la otra ni lo otro. El mundo y mi posición en él se hacían inteligibles en la medida en que podía tipificar personas y condiciones a mi alrededor y crear una distancia de ellas. En otras palabras, creo que me reconocía y justificaba en la medida en la que me separaba y enajenaba de otros, incluso de mi familia. La distancia me definió en aspectos que me gustan, como apreciar la diversidad, mi actitud hacia la independencia económica y mi manera de ser mujer haciendo caso omiso de pautas sociales para serlo. El otro lado de la moneda es que la distancia creó la falsa impresión de extrañamiento.

A diferencia de las distancias físicas, las distancias entre identidades existen en la medida en que las percibimos. Hay 350 metros entre mi departamento y la cafetería en la que escribo ahora, pero podría no existir una distancia real entre la forma en que la mujer sentada en la mesa de al lado y yo experimentamos algunos aspectos de la vida, como el amor y el dolor. La pluralidad existe, sí, pero coexiste con la unidad. Los otros son diferentes a mí y yo soy “otra” para ellos; sus perspectivas y formas de vivir la vida están ahí, distintas a la mía. Lo paradójico es que, al rascar un poco más, lo que suelo encontrar del otro lado se parece y resuena con lo que está en mí.

Amar es campo de práctica del respeto a la otredad y del simultáneo encuentro de unión. Tanto la hija como el bienquisto son individuos diferentes a mí y con quienes tengo una conexión profunda. Sería más fácil tener ese tipo de conexión e implicaría menos vulnerabilidad el relacionarme con quienes ven y abordan la vida como lo hago yo, pero ninguno de los dos lo hace. Ambos son distintos a mí y son parte de los“otros.”Amarles es, en parte, construir y nutrir puentes que comuniquen nuestras otredades, desdibujen la dualidad o nos conecten aún en la diferencia. ¡Voilà! Distancia y comunión al mismo tiempo.

Tengo la impresión de que crecer es algo más que envejecimiento celular. Sospecho que una va ganando la capacidad de ser otros y estar en otras partes, además de en una misma. El amor es un atajo, pero hay necesarios caminos complementarios como la curiosidad, la empatía, la simpatía, la alteridad y la comunicación afectiva. Si lo que entreveo es cierto y puedo hacerlo crecer, entonces estoy frente a algo extraordinario, emocionante y que deseo profundamente: la posibilidad de tocar la otra orilla.

Para Héctor

Tras la niebla

Hay cosas que no dejan de asombrarme. Uso la palabra asombro con conciencia y para englobar aquello que conmueve y causa admiración o extrañeza. Todo esto me provoca un pasmo momentáneo y desorientación, seguidos por la sensación de no alcanzar a comprender del todo lo que está sucediendo o lo que estoy sintiendo. El resultado es exquisito porque, aunque durante esos instantes renuncio a la razón y me concentro en ser habitada por lo que estoy experimentando o presenciando, las cosas o las personas parecen lucir con mayor claridad ante mí. 

El asombro del que escribo no es solamente frente a lo nuevo y desconocido, sino también ante lo que ya hemos visto, escuchado, sentido o pensado antes. Algunas de las cosas que me sorprenden son cotidianas y otras menos mundanas. En la primer categoría está, por ejemplo, lo que siento cada vez que camino en un parque o en un bosque. Hay, incluso, infinidad de cosas en la convivencia diaria con mi gato que me causan admiración, como lo que siento cuando pega su cuerpecito panzón al lado de mis pies y su capacidad de comunicación para solicitar comida. 

La categoría de lo conocido, pero ahora menos habitual, está también llena de asombros. Un viaje reciente a la costa me recordó varias de ellas, incluyendo la sensación de pequeñez y bienestar de estar bajo las estrellas y la calidad de la luz que hay al lado del mar justo después del atardecer. De esto último encuentro sorprendente algo que no logro definir del todo; no es solo que todo parece mas bello bajo esa luz, sino que seres vivos, objetos y agua parecen mas reales y presentes que de costumbre. ¿Porqué es así? Aún cuando vivía al lado del mar nunca dejó de conmoverme la transformación crepuscular y el gozo que me traía.

Fiel a mi personalidad, una de mis modalidades favoritas de asombrarme son las emocionales. No es raro, por ejemplo, que ame a mi hija; lo que me maravilla de vez en cuando es la profundidad y las numerosas ramificaciones de sentimientos que se derivan de este amor. Lo mismo me ocurre con el árbol de emociones en torno al trabajo. En este sentido, hay algo que me conmueve en particular y son las emociones que habitan cada proyecto y cada proceso en los que participo. Atisbar estos sentimientos en los demás me conmueve profundamente, especialmente cuando lo que asoma es lo más difíciles de aceptar y compartir socialmente, como la frustración, el ego, el enojo y la inseguridad.

Mas sorpresa me causa aún el notar las emociones que son parte de una relación de pareja. Apenas pude disimular mi asombro hace solo algunos días ante unas palabras del bienquisto y el tono de voz y la mirada que las acompañaron. No dijo algo que no me hubiese compartido antes y, sin embargo, escuché sus palabras y viví el momento con sorpresa e intensidad frescas. Ése es también el asombro con el que echo de ver varios de los sentimientos placenteros y difíciles que me surgen en la interacción con él y como, a través de ellos, me veo con mayor claridad a mí misma. 

Heidegger sostenía que todos los objetos están cubiertos de una niebla o velo que los vuelve indiferentes u opacos para el hombre. Tal vez es así y esa niebla aplica también a las personas y a los sentimientos. El asombro surge cuando se nos revelan súbitamente y podemos, entonces, verles con claridad. De ser así, confío en mantener y alimentar mi capacidad para descorrer el velo y ver, mediante el asombro, lo que se esconde atrás de este muy nebuloso mundo. 

Mis puntadas

“Mi cuerpo nunca ha sido perfecto y menos perfecta he sido en aceptarlo tal cual es. Desde la adolescencia padezco una de las patologías de los tiempos: juzgar, criticar y sufrir mi cuerpo en lugar de cuidarlo, acogerlo y disfrutarlo.”

Hace cuatro años compré una máquina de coser. Aunque solo he tomado una clase, me encanta el proceso de buscar telas, hacer el diseño en mi mente, patronar, cortar y coser. La mitad de las prendas que hago quedan mal y en prácticamente todos los casos hay algún momento del proceso en que me equivoco. El resultado es que puedo pasar tanto tiempo cosiendo como descosiendo o que el producto final no me entre o quede demasiado holgado. No detallo estos errores para denostar mis capacidades sino porque, sencillamente, así es como ocurre.  Coso porque me gusta y convivo de buen humor con las meteduras de pata que comento al hacerlo.

Coser ropa no solo tiene el reto de hacer algo para lo que mi cerebro no parece tener habilidades naturales. Toma infinitamente menos tiempo comprar una falda que elaborarla y lucen mejor las blusas de marca conocida que las que hago en casa. Coser, en mi contexto, es poco eficiente y resta productividad a propósitos más rentables o generosos. Con lo que gano en cuatro horas de trabajo puedo comprar una pieza de mejor calidad que las prendas chuecas que coso en el mismo tiempo; así que, si fuese un tema de lógica, regalaría mi máquina en este mismo momento. En mi caso, diseñar, cortar y confeccionar no es un asunto de productividad o de creatividad y talento. Mis alicientes son otros. Combinar texturas, colores y diseños me da placer. Siento una corriente de gozo al hacer maridajes de colores y estampados de telas y la sensación solo aumenta cuando las veo reunidas en un objeto o prenda. Comer algunos postres me da un placer similar, pero éste se desvanece rápidamente o convierte en grasa en mi cintura.

El segundo motivo por el que ahora coso fue inesperado. Coser me invita a ver mi cuerpo con objetividad y a hacer las paces con sus medidas y proporciones. Mi cuerpo nunca ha sido perfecto y menos perfecta he sido en aceptarlo tal cual es. Desde la adolescencia padezco una de las patologías de los tiempos: juzgar, criticar y sufrir mi cuerpo en lugar de cuidarlo, acogerlo y disfrutarlo. Este padecimiento es tan cruel como indignante y, tras 30 años de padecerlo, ya no se me antoja culpar a los demás. Es cierto que a las mujeres se nos juzga y tasa mayormente por apariencia externa y que la publicidad vende un ideal aspiracional de belleza que es de blanquita, esbelta y alta. Ni hablar de la torpeza o crueldad con la que algunos hombres se relacionan con la apariencia femenina. Pero, ante el contexto y condicionamiento debería imponerse el criterio y éso es lo que me ha faltado para aceptarme como soy y asumir mi cuerpo con sus formas y volúmenes propios.

La primera vez que usé la cinta métrica para tomar mis medidas sufrí; no quería conocer la diferencia exacta entre el ideal anhelado y la precisión centimétrica de mi figura. Puesto que la cinta no esconde la individualidad del cuerpo como lo hacen las tallas comerciales, las medidas exactas representan un talle que es propio y único. Para mi sorpresa, descubrí que tomarse las medidas para, posteriormente, hacer una prenda que las refleja y realza es un rito tan agradable como liberador. Los números en la libreta de notas y su expresión en tela y diseño dejan de ser juicios y se convierten en conversación amable con las dimensiones y geografía corporal. La ubicación y dirección de la pinza dialoga gentilmente con la forma del trasero y el largo que se decide para la falda lo hace con la estatura. Mis manos cosen para mi cuerpo y lo hacen con el mismo respeto que lo harían si éste fuese talla 0 ó 16.

Si pudiese cambiar una cosa de mi adolescencia sería ésa; me extirparía la obsesión de acercarme al canon impuesto y me haría estar a gusto con mi cuerpo. Pero no puedo hacerlo, como no puedo cambiar los efectos que la insatisfacción tuvo posteriormente en mi bienestar. Lo único que me queda por hacer es cambiarlo ahora, relativizar la importancia de la imagen, retirarme del campo de batalla autoimpuesto y cultivar una relación más sana y feliz con mi peso y medidas. Debo hacerlo en el contexto de mi feminidad y personalidad, que no aceptan costales de papas por atuendo. 

Mi máquina de coser y el pasatiempo de la costura han resultado ser mucho más que un pasatiempo. Conocer y practicar el proceso de diseño y confección de ropa me ha regalado un espacio placentero y saludable de conexión con mi cuerpo. Lo que elaboro para mí no es perfecto, pero se basa en el respeto por mis formas y refleja la intención de vestirlas no solo con ropa, sino con aceptación… y ese combo me parece el mejor atuendo posible.