Autor: Gabriela Anaya R.

Soy mujer, mamá, consultora y hacedoras de puentes entre personas y causas. Observo con curiosidad la interacción entre los mundos interiores y laborales: cómo cambian de forma y nos hacen crecer. Escribo para ayudarme a comprender y hacer sentido de las cosas. Comparto lo escrito como práctica de vulnerabilidad, exposición y conexión.

Pienso, decido, hablo y les aviso

Para Emilia y Camila

Entonces niega y reniega
maldice y discute entonces
se subleva y denuncia
y entonces no
no renuncia a ser.
Sólo piensa, decide, habla
y le avisa a todos
que a partir de ahora
será
una mujer
.”

Rupi Kapur (Desde el Principio)

Usar copa D es una de las características de mi cuerpo que más me ha costado aceptar. Es el caso porque, aún en los tiempos #metoo, mostrar mi pecho equivale a tener miradas constantes en el escote. Ha sido así desde que tenía 13 años y hombres de 20, 30, 40, 50 años me veían con intensidad, haciéndome sentir incómoda e intimidada. Aunque la voluptuosidad puede llegar a ayudar en la gestión de relaciones con el género masculino, no es el tipo de PR que deseo. Elijo mi atuendo tomando en consideración el contexto y a mis interlocutores. He considerado y practicado la alternativa me-vale-un-carajo pero basta una mirada directa a “la zona” en lugar de a mis ojos para confirmar mi decisión.

Mis senos, como el resto de mi cuerpo y apariencia, no deberían ser parte de mi moneda de cambio con el mundo; excepto que lo son. Belleza, raza, kilos, forma, distribución, color y edad del cuerpo son variables que afectan percepción y trato al ser mujer. Por eso disimulo las canas, acentúo las pestañas y me he obligado a bajar los kilos que subí al entrar a la socialmente-castigada peri menopausia. 

Las consideraciones de copa, peso y producción de imagen son solo algunas de las numerosas micro-decisiones que forman parte de la experiencia de vivir en un cuerpo de mujer. Las adaptaciones y concesiones cotidianas para conciliar el género y la identidad femenina con el entorno laboral y social son tantas, que se necesitaría un prontuario para empezar a describirlas. Mis “adaptaciones” son triviales en el contexto más amplio del ser mujer, pero son la punta de un iceberg del que, admito con pasmo, solo recientemente he empezado a ser consciente. Bajo el agua están conductas, incidentes, comentarios, percepciones, formas de relación y acusaciones que han acompañado mi vida y que tendí a dar por sentado, a ignorar, a desechar, a olvidar pronto y a normalizar. 

Gozo de privilegios. Crecí en una familia 100% matriarcal. Durante mi niñez hubo pocos y nada-patriarcales hombres a mi alrededor. No fui abusada sexualmente, ni mi condición de “niña” fue usada en mi contra o como factor explícito de destino. Mi aspecto alcanza a ubicarme en el lado cómodo del eurocentrismo que caracteriza a México y tuve la fortuna de recibir un nivel escolar por encima del promedio nacional. La última persona que me mantuvo fue mi madre y de eso hace ya varias décadas, pues tengo un trabajo que me gusta y bien remunerado. Soy madre soltera, me muevo en la comodidad social de ser heterosexual y vivo mi vida amorosa sin culpas cristianas. Reconozco que estos factores otorgan prerrogativas que hacen posible mi burbuja, mis decisiones y mi estilo de vida. Hay mujeres con mayores ventajas personales, sociales y económicas que yo, pero infinitamente más mujeres tienen menos.     

De temas de raza y clase he sido más consciente desde niña. Pero, no sé si por privilegios, por generación o por instinto de adaptación, no había pensado mucho acerca de la forma en que los estereotipos de género, el machismo, la hipersexualización y la violencia suavizada contra las mujeres han permeado mi vida y la vida de las demás (madre, primas, abuela, amigas e hija incluidas). Mucho menos había reflexionado acerca de cómo se combinan y potencian estos prejuicios con los de raza, clase y preferencia sexual. Supongo que difuminar las causas y efectos del machismo desplegado por hombres y mujeres es uno de los mecanismos que he desarrollado para abrirme paso y hacer camino propio. Pero efectos han habido y hay. Tengo derecho de uso del hashtag #metoo y puedo palomear, en abundancia, la lista de micromachismos que se me aplican de forma habitual. Me sonroja reconocer que he tenido también sesgos de género que en nada contribuyen al reconocimiento de las diferencias y a crear las condiciones de igualdad y de libertad que todos merecemos (que todEs merecemos). Ahora veo como parte de mi buena fortuna el que el sistema que aun condiciona tan radicalmente la vida de millones, solo haya dejado heridas menores, incongruencias, sesgos corregibles, traumas gestionables y puntos ciegos en mí. Pudo haber sido mucho peor.

Los cambios sociales no ocurren de inmediato y el cambio personal tampoco. Algunos modos de hacer y de intervenir en lo público de las nuevas feministas y los nuevos feminismos me hacen sentir incómoda y en disenso. Aunque endorso su derecho y admiro su valor, todavía trabajo para acomodar en mi mente a mujeres transexuales y a mujeres que eligen abortar. Aún aprendo el lenguaje de la equidad e interiorizo el nuevo veliz discursivo del movimiento feminista. Solo empiezo a comprender que ser mujer no es algo tan concreto, biológico y homogeneizador como yo creía, sino una suerte de subjetividad que se va redibujando en el tiempo a través de nuevas categorías y valores individuales y sociales.  

Imagino que, como yo, millones de mujeres y hombres revisan y se replantean cosas que dimos por sentadas acerca de nuestros géneros. Por mi proceso gradual de cuestionamiento agradezco a numerosas mujeres y hombres. El activismo y palabras de mujeres conocidas y desconocidas me marcan y educan. Las nuevas masculinidades que practican muchos que me rodean me ayudan a resignificar y a cultivar relaciones de mayor correspondencia con los hombres. Mi amor por una hija inteligente, independiente y guapa de 19 años me obliga a tener los ojos y la mente abiertos. Me siento en deuda con poetas, con feministas que me pueden llegar a irritar, con las mal-llamadas provocadoras de la Ciudad de México, y con miles que llenan el espacio público con camisetas verdes, con glitter rosa y con pintas.

Me niego a usar mi conciencia en ciernes como escudo y lanza.  No deseo seguir albergando pensamientos acerca de mi cuerpo y concepción del amor nutridos desde una visión distorsionada de los roles de género y del cuerpo femenino. No quiero seguir tolerando y silenciando conductas cotidianas que esconden condescendencia, violencia y discriminación hacia mí o hacia otras mujeres. Acepto que hay infinidad de matices en estos parámetros pero, como dice el poema de Rupi Kapur, pienso, decido, hablo y les aviso que seré mujer en ellos. Es el camino hacia una relación más sana conmigo misma y hacia la única igualdad que me hace sentido: la de la igualdad en la diferencia.

Motivos o cultos

“Pasar los juicios por sus debidos filtros no es tarea menor. Matizar y reconsiderar certezas e ideologías requiere una amplitud y profundidad de miras que puedo cultivar, pero no siempre tener; por lo menos no sola y no de inmediato.”

Mi vida tiene sus claroscuros. Pago impuestos, pero desearía minimizarlos; participo, pero suele darme flojera; creo, pero muchas veces dudo. Soy parte de la estadística de personas sin fe en partidos políticos e instituciones religiosas, pero voto y reconozco el valor social de religiones. Creo y defiendo la tolerancia, pero no soporto a cínicos y   criticones.

Convivo con la gama de grises, pero disfruto la tranquilidad que proporcionan los blancos y negros. Me atrae la adhesión de la mente a una convicción, sin temor a errar. Me intrigan las impresiones Napoleónicas de estatura moral del “estoy bien y tú estás mal.” No considero virulentos estos pensamientos, sino meros puntos de partida para la razón y para la emoción; lo que es más inquietante, a veces les veo como zonas de confort y síntomas de pereza.

Pasar los juicios por sus debidos filtros no es tarea menor. Matizar y reconsiderar certezas e ideologías requiere una amplitud y profundidad de miras que, en mi caso, puedo cultivar, pero no siempre tener; por lo menos no sola y no de inmediato. El tamizado de opiniones exige una dialéctica que obliga a trascender la tripa y a reconocer contextos y explicaciones mas allá de lo visible e inmediato. Este proceso podría no generar presidentes con 67% de aprobación en su primer informe, pero confío en que ayuda a vivir la vida con consciencia.

En reconocimiento a que el filtrado de juicios toma tiempo y esfuerzo, me he unido en amistad con las posturas y razones intermedias. Es decir, ya no me flagelo por no tener rápido una interpretación balanceada de un asunto complejo o emocionalmente cargado. Me permito tener posturas y opiniones que pueden cambiar a la luz de nueva información y de la debida digestión de las emociones. A riesgo de percepciones de veleidad, necesito ese proceso.

Cambiar una idea antes fija y revisar una opinión es un acto personal de aprendizaje y me deja un placentero sabor a insubordinación con mi cerebro reptiliano. Y aunque -como dijo Miguel de Unamuno- “las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera verdad”, es buena andanza el buscar la verdad a través de la gradual e informada razón.

Así mi vida.

Actuación sin Ensayo

“…tu personaje como un impermeable abotonado de prisa –“

(Wislawa Szymboska)

Alguna situaciones sociales y laborales me hacen sentir un déjà vu particular. Tardé en darme cuenta de que lo que siento en esos momentos me remite al tiempo en que era parte de una compañía de teatro y estaba en escena. No importaba cuántos ensayos hubiese tenido, salía a actuar consciente de que, en algún momento, tendría que improvisar. Recuerdo el nudo instantáneo en el estómago cuando olvidaba mis diálogos o alguien más lo hacía y la delgada capa de sudor que acompañaba estos momentos. Recuerdo también la adrenalina haciendo acelerar mi pulso y el alivio de salir al paso al recordar lo olvidado o al sustituir el olvido con palabras propias que brotaban de algún Lázaro escondrijo del cerebro. Al pánico escénico nunca me sobrepuse por valiente o por buena actriz, sino por encomendarme a mi capacidad de reacción ante la imprevisibilidad. 

A pesar de los años de camino andado, hay numerosas reuniones, conversaciones, conflictos y relaciones que me hacen sentir poco preparada. Conozco mi rol, ya ejercí las 10,000 horas de práctica de las que habla Gladwell y, empero, no voy por la vida con certeza absoluta de mis capacidades y conocimientos. La experiencia me permite interpretar y distinguir matices en las situaciones, pero también me ha mostrado que no hay conocimiento inmaculado ni soluciones universales a los problemas. De ahí parte mi conciencia de la imprevisibilidad.  Sé que en mi vida personal y en mi trabajo seguiré encontrando nuevos contextos para los que no estoy del todo preparada. Sé también que los personajes con los que interactúo y sus circunstancias cambian constantemente y que eso limita la posibilidad de asumir y predecir sus intenciones y conductas.  

No faltará quien lea esto y lo interprete como simple falta de confianza. Para mí, hay una diferencia radical entre reconocer lo imprevisible y sentirse incompetente. Lo primero resulta del reconocimiento de la complejidad y de la autoconciencia acerca de las limitaciones. Lo segundo deriva de causas más complejas y puede llegar a convertirse en una verdadera pesadilla existencial. Ambos pueden paralizarnos pero la experiencia emocional es diametralmente diferente y, por ende, también lo es la capacidad para responder ante situaciones.

Como en la improvisación teatral, creo que la capacidad para salir adelante en situaciones para las que no se está preparada se nutre de la práctica. También se sostiene en habilidades interpersonales y de comunicación que nos permiten reconocer para nosotros y frente a los demás que no se tiene la respuesta oportuna, la solución perfecta, ni –como decimos en México- todos los pelos de la burra en mano. Improviso cuando es indispensable y pauso cuando es factible hacerlo. Aunque vivo y trabajo en sociedades que aun privilegian e incentivan los liderazgos tipo alfa, he encontrado pocos obstáculos para admitir públicamente terreno incognito y pausar.  No creo que hacerlo me reste credibilidad. Por lo menos, estoy cierta que ha fortalecido la credibilidad que tengo en personas que se permiten este tipo de libertades. Es responsable y valido decir “no lo sé,” como legítimo es responder “permíteme pensar en esto.” Sobre todo, creo que el correctivo para el pasmo ante lo nuevo o desconocido es la genuina curiosidad por los nuevos contextos, sus tramas y protagonistas.

Regresando a la metáfora teatral, tenemos muchas noches de estreno en la vida e infinitamente más noches y días de actuación cotidiana. Entramos a nuestros días como quien sale a escena, representando un personaje que conocemos pero sin la ventaja y protección que dan los ensayos. Reaccionamos constantemente a situaciones para las que nos sentimos poco preparadas y decimos palabras que no estaban en el guion que habríamos querido tener a mano. Incluso, nos preguntamos a solas de qué se trata la obra en la que estamos actuando y qué tipo de personajes y arquetipos tenemos enfrente. 

Ante la imprevisibilidad mi plan es sencillo: dejar los histrionismos y desistir de fingir que conozco todos los diálogos.  Habrá que vivir con las imperfecciones cotidianas del ser y del actuar equipada con similares proporciones de circunspección y sentido del humor.

Así la vida.

El coro que desplaza nuestra voz de solista*

Los roles de colaboradora y de orquestante discreta me son naturales y los nutro con técnica y consciencia. No obstante, mentiría si digo que los vivo sin tensiones internas. Hay una diva en mí que ha tenido que aprender a unirse al coro.

De poder elegir entre cantar como María Callas o tocar en un cuarteto de cuerdas, optaría por lo primero.  Sería María y tendría voz de ventisca. Portaría vestuarios operáticos con la misma comodidad con la que ahora paseo en bata de baño por mi casa. Interpretaría a Isolda con teatralidad y con el peinado intacto. Sería María, La Divina; Aristóteles Onassis y yate incluidos. 

María Callas luciendo regia.

Aunque la ópera es un gusto adquirido, la verdad es que saboreo mucho más la música de cuerdas. El punto de mi desahogo mental es disfrutar la (im)posibilidad de ser otra sin el estorbo del deber-ser de mi ego. Una solista como Callas es visible al mundo de una forma en que pocos músicos de cuerdas lo son y mucho menos lo soy yo. Tal vez en eso reside en parte el culto por artistas y deportistas. Son individuos que, más allá de sus talentos, gozan en abundancia de dos nutrientes sociales que todos anhelamos y necesitamos: reconocimiento y afecto. Las cúspides de sus pirámides Maslow rebosan y se desbordan como lava caliente.

La diferencia entre La Divina y yo va más allá de la tesitura de nuestras voces y el largo de nuestros cuellos. Mi voz y persona no son de solista, sino de quien organiza y participa en coros, muchas veces, detrás de escena. Por supuesto, no hablo de música sino de colaboración; me dedico a ayudar a habilitar las voces y trabajo de otros, así como a propiciar el trabajo conjunto. Servir a los demás y colaborar implican conocer la voz y perspectiva propias, al tiempo que se explora, interpreta y acomoda las de los demás.

Los roles de colaboradora y de orquestante discreta y colaboradora me son ya naturales y los nutro con técnica y consciencia. No obstante, mentiría si digo que los vivo sin tensiones internas. Hay una diva en mí que ha tenido que aprender a unirse al coro. Reconozco el reto y trabajo emocional que implica no estar en los reflectores y exponer mis interpretaciones y propuestas de solución individuales. Reconozco también lo difícil que puede ser la falta de reconocimiento al trabajo detrás de escenas y la disciplina que requiere escuchar aplausos a terceros sin correr a recibirlos. ¿Suena patético? No creo que lo sea. Creo que es profundamente humano y que es una de las numerosas dinámicas ocultas que limitan la colaboración. 

Imaginen una habitación en la que 25 personas inteligentes, capaces y exitosas buscan encontrar una solución conjunta a un problema. Imaginen ahora que 15 de estas personas tienen un solista interno que no puede evitar estallar en vibrantes arias. ¿Tienen la imagen en mente? En ocasiones así suenan este tipo de reuniones. Muchos cantan solos y lo hacen bellamente; el problema es la cacofonía que resulta al tener a los 15 cantando cada quien su aria y al mismo tiempo. 

Francamente, creo que la cultura de la colaboración puede atenuar nuestra diva interna pero no desaparecerla. Me parece esencial practicar tonadas y participar en coros, al tiempo que se reconoce y canaliza al solista. Eso no solo involucra conocer y afinar nuestra voz e intención, sino también identificar los momentos adecuados para ponerlos en práctica. Hay momentos para hablar fuerte, claro y sola, mientras que otros –los más- lo son para escuchar, comprender, enlazar y construir en conjunto. Los primeros requieren ciertos rasgos de carácter y capacidades y los segundos de otros.

En procesos grupales, veo valor en identificar el tipo de reconocimiento que requiere cada participante y en crear los espacios y oportunidades para abastecerlos. Dado que soy intuitiva, pero no adivina, identificar qué necesita quién no ocurre sin observación. Sobre todo, este tipo de distinción se facilita a través de la conversación y el genuino interés en ver y comprender a la persona y al rol que juega en el grupo. 

En estas líneas que escribo canta mi María Callas. Más tarde, tras el café matutino, dejaré que su voz de solista sea desplazada por las muchas y diversas voces dispuestas a cantar conmigo.

Gabriela Anaya R.

*Título derivado del poema “Everything is waiting for you”, de David Whyte.

Acerca de mí

Soy mujer, mamá, consultora y hacedoras de puentes entre personas y causas. Observo con curiosidad la interacción entre los mundos interiores y laborales: cómo cambian de forma y nos hacen crecer. Escribo para comprender y hacer sentido de las cosas. Comparto lo escrito como práctica de vulnerabilidad, exposición y conexión.