Autor: Gabriela Anaya R.

Soy mujer, mamá, consultora y hacedoras de puentes entre personas y causas. Observo con curiosidad la interacción entre los mundos interiores y laborales: cómo cambian de forma y nos hacen crecer. Escribo para ayudarme a comprender y hacer sentido de las cosas. Comparto lo escrito como práctica de vulnerabilidad, exposición y conexión.

Crecer la vértebra

No es fácil meditar mientras se está sentada con la espalda recta. Me ayuda imaginar que un hilo me sostiene desde la coronilla como si fuera una marioneta a la que se yergue desde lo alto. Es tan efectivo el truco que ahora imagino el hilo cuando la vida se me pone difícil y necesito soporte.

Erguir espalda y ánimo con ayuda externa (aun si imaginaria) me parece de lo mas humano y generalizado. La lista de personas, recursos, distracciones, ocupaciones, emociones y fantasías que me ayudan a mantenerme de pie y andante es nutrida:

  • Me he sentido lista a fuerza de buenas calificaciones.
  • Me he sentido guapa por efecto de palabras de otros.
  • Me he sentido conectada por la compañía.
  • Me he sentido viva a través de infatuaciones. 
  • Me he sentido motivada por incentivos y expectativas.
  • Me he sentido valiosa por trabajoadicta. 
  • Etc.
  • Etc.
  • Etc.

Cada punto de la lista cuenta como hilo de sostén y tensión.

La frase en inglés grow a backbone quiere decir “crecer la vértebra” y se refiere, figurativamente, a hacerse fuerte y a no sacarle a la primera. Sin menoscabo a los trillones de resilientes invertebrados del mundo natural, la columna vertebral como símbolo de temple y fuerza interior me hace total sentido (además, es menos sexista y levanta menos cejas que la latinoamericana expresión “crecer un par de huevos”).

Los seres humanos somos vertebrados por vía de evolución, pero adquirimos el otro tipo de “vértebra” lenta e intermitentemente. No me fío de las personas que aparentan tenerlas todas consigo: galanes hiperconfiados, emancipadas agresivas, líderes sacalepuntas, sus-altesas serenísimas (en esta categoría podría entrar yo) y ejemplares femeninos y masculinos de la subespecie homo sapiens cool. No es que desconfíe, sino que no puedo evitar verles y tratar de imaginar el tipo de dolor e inseguridad que existe bajo sus brillantes exoesqueletos.

No dudo que haya quienes han crecido su vértebra del todo. Yo no. Me agarro de uno que otro hilo y me frustro a ratos cuando no me los echan. Últimamente me he dado cuenta de que hay menos hilos conocidos de los que sostenerme. Atrás quedó el tiempo en que la medida de mi valía era el tiempo de trabajo; ya no puedo llenar horas vacías con la presencia de la hija; no creo más en las llamaradas de petate, y el bienquisto no es el tipo de hombre que se presta a amortizar mi inseguridad con halagos y falsas certezas. Supongo que es momento de crecer la vértebra.

La palabra adulto viene del latin adultus, que significa que ha concluido ya su proceso de crianza. Eso es cierto fisiológicamente, pero ¿alguna vez terminamos el proceso de crianza emocional? Cada etapa llega con sus cuellos de botella y aguas movedizas para los que no estamos preparadas. Mientras crecen las nuevas y necesarias vértebras para sostenernos en esa etapa, hay que hacerse de arrimos que den consistencia y flotabilidad…incluso si se trata del imaginario hilo que ahora me yergue como marioneta.

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La otra orilla

Tiendo a ser agudamente consciente de la diferencia. Las mujeres de la comunidad indígena con quienes compartía el camión de pasajeros cuando era niña fueron algunas de mis maestras, así como las mujeres genética o cosméticamente europeizadas que llegaban a mi colonia los fines de semana. Mi cerebro es propenso a observar e interiorizar detalles y conductas. Por eso, no exagero al decir que absorbí los atuendos, tonos de voz, aromas y movimientos corporales de esas mujeres. Las unas, vestidas con abiertos huipiles azules ceñidos en la cintura, llenaban mis recorridos a casa con palabras incomprensibles y con olores incisivos de calor Morelense. Las otras, delgadas y vestidas con colores claros, ocupaban los jardines y piscinas con sus pláticas dejando tras sí coletazos de perfume que ofendían a mi nariz. Ambos tipos de mujeres eran tan lejanas y diferentes entre sí como lo eran de las mujeres variopintas de mi familia. Las vidas de todas ellas discurrían en un mismo espacio geográfico, pero incomunicadas por cauces que parecían innavegables.

¿Nos ocurre a todos? Hasta hace poco, mi identidad se alimentaba de la conciencia de la diferencia y de la intención de marcar distancia con algunas de sus vertientes. Es decir, yo era porque no era la otra ni lo otro. El mundo y mi posición en él se hacían inteligibles en la medida en que podía tipificar personas y condiciones a mi alrededor y crear una distancia de ellas. En otras palabras, creo que me reconocía y justificaba en la medida en la que me separaba y enajenaba de otros, incluso de mi familia. La distancia me definió en aspectos que me gustan, como apreciar la diversidad, mi actitud hacia la independencia económica y mi manera de ser mujer haciendo caso omiso de pautas sociales para serlo. El otro lado de la moneda es que la distancia creó la falsa impresión de extrañamiento.

A diferencia de las distancias físicas, las distancias entre identidades existen en la medida en que las percibimos. Hay 350 metros entre mi departamento y la cafetería en la que escribo ahora, pero podría no existir una distancia real entre la forma en que la mujer sentada en la mesa de al lado y yo experimentamos algunos aspectos de la vida, como el amor y el dolor. La pluralidad existe, sí, pero coexiste con la unidad. Los otros son diferentes a mí y yo soy “otra” para ellos; sus perspectivas y formas de vivir la vida están ahí, distintas a la mía. Lo paradójico es que, al rascar un poco más, lo que suelo encontrar del otro lado se parece y resuena con lo que está en mí.

Amar es campo de práctica del respeto a la otredad y del simultáneo encuentro de unión. Tanto la hija como el bienquisto son individuos diferentes a mí y con quienes tengo una conexión profunda. Sería más fácil tener ese tipo de conexión e implicaría menos vulnerabilidad el relacionarme con quienes ven y abordan la vida como lo hago yo, pero ninguno de los dos lo hace. Ambos son distintos a mí y son parte de los“otros.”Amarles es, en parte, construir y nutrir puentes que comuniquen nuestras otredades, desdibujen la dualidad o nos conecten aún en la diferencia. ¡Voilà! Distancia y comunión al mismo tiempo.

Tengo la impresión de que crecer es algo más que envejecimiento celular. Sospecho que una va ganando la capacidad de ser otros y estar en otras partes, además de en una misma. El amor es un atajo, pero hay necesarios caminos complementarios como la curiosidad, la empatía, la simpatía, la alteridad y la comunicación afectiva. Si lo que entreveo es cierto y puedo hacerlo crecer, entonces estoy frente a algo extraordinario, emocionante y que deseo profundamente: la posibilidad de tocar la otra orilla.

Para Héctor

Tras la niebla

Hay cosas que no dejan de asombrarme. Uso la palabra asombro con conciencia y para englobar aquello que conmueve y causa admiración o extrañeza. Todo esto me provoca un pasmo momentáneo y desorientación, seguidos por la sensación de no alcanzar a comprender del todo lo que está sucediendo o lo que estoy sintiendo. El resultado es exquisito porque, aunque durante esos instantes renuncio a la razón y me concentro en ser habitada por lo que estoy experimentando o presenciando, las cosas o las personas parecen lucir con mayor claridad ante mí. 

El asombro del que escribo no es solamente frente a lo nuevo y desconocido, sino también ante lo que ya hemos visto, escuchado, sentido o pensado antes. Algunas de las cosas que me sorprenden son cotidianas y otras menos mundanas. En la primer categoría está, por ejemplo, lo que siento cada vez que camino en un parque o en un bosque. Hay, incluso, infinidad de cosas en la convivencia diaria con mi gato que me causan admiración, como lo que siento cuando pega su cuerpecito panzón al lado de mis pies y su capacidad de comunicación para solicitar comida. 

La categoría de lo conocido, pero ahora menos habitual, está también llena de asombros. Un viaje reciente a la costa me recordó varias de ellas, incluyendo la sensación de pequeñez y bienestar de estar bajo las estrellas y la calidad de la luz que hay al lado del mar justo después del atardecer. De esto último encuentro sorprendente algo que no logro definir del todo; no es solo que todo parece mas bello bajo esa luz, sino que seres vivos, objetos y agua parecen mas reales y presentes que de costumbre. ¿Porqué es así? Aún cuando vivía al lado del mar nunca dejó de conmoverme la transformación crepuscular y el gozo que me traía.

Fiel a mi personalidad, una de mis modalidades favoritas de asombrarme son las emocionales. No es raro, por ejemplo, que ame a mi hija; lo que me maravilla de vez en cuando es la profundidad y las numerosas ramificaciones de sentimientos que se derivan de este amor. Lo mismo me ocurre con el árbol de emociones en torno al trabajo. En este sentido, hay algo que me conmueve en particular y son las emociones que habitan cada proyecto y cada proceso en los que participo. Atisbar estos sentimientos en los demás me conmueve profundamente, especialmente cuando lo que asoma es lo más difíciles de aceptar y compartir socialmente, como la frustración, el ego, el enojo y la inseguridad.

Mas sorpresa me causa aún el notar las emociones que son parte de una relación de pareja. Apenas pude disimular mi asombro hace solo algunos días ante unas palabras del bienquisto y el tono de voz y la mirada que las acompañaron. No dijo algo que no me hubiese compartido antes y, sin embargo, escuché sus palabras y viví el momento con sorpresa e intensidad frescas. Ése es también el asombro con el que echo de ver varios de los sentimientos placenteros y difíciles que me surgen en la interacción con él y como, a través de ellos, me veo con mayor claridad a mí misma. 

Heidegger sostenía que todos los objetos están cubiertos de una niebla o velo que los vuelve indiferentes u opacos para el hombre. Tal vez es así y esa niebla aplica también a las personas y a los sentimientos. El asombro surge cuando se nos revelan súbitamente y podemos, entonces, verles con claridad. De ser así, confío en mantener y alimentar mi capacidad para descorrer el velo y ver, mediante el asombro, lo que se esconde atrás de este muy nebuloso mundo. 

Mis puntadas

“Mi cuerpo nunca ha sido perfecto y menos perfecta he sido en aceptarlo tal cual es. Desde la adolescencia padezco una de las patologías de los tiempos: juzgar, criticar y sufrir mi cuerpo en lugar de cuidarlo, acogerlo y disfrutarlo.”

Hace cuatro años compré una máquina de coser. Aunque solo he tomado una clase, me encanta el proceso de buscar telas, hacer el diseño en mi mente, patronar, cortar y coser. La mitad de las prendas que hago quedan mal y en prácticamente todos los casos hay algún momento del proceso en que me equivoco. El resultado es que puedo pasar tanto tiempo cosiendo como descosiendo o que el producto final no me entre o quede demasiado holgado. No detallo estos errores para denostar mis capacidades sino porque, sencillamente, así es como ocurre.  Coso porque me gusta y convivo de buen humor con las meteduras de pata que comento al hacerlo.

Coser ropa no solo tiene el reto de hacer algo para lo que mi cerebro no parece tener habilidades naturales. Toma infinitamente menos tiempo comprar una falda que elaborarla y lucen mejor las blusas de marca conocida que las que hago en casa. Coser, en mi contexto, es poco eficiente y resta productividad a propósitos más rentables o generosos. Con lo que gano en cuatro horas de trabajo puedo comprar una pieza de mejor calidad que las prendas chuecas que coso en el mismo tiempo; así que, si fuese un tema de lógica, regalaría mi máquina en este mismo momento. En mi caso, diseñar, cortar y confeccionar no es un asunto de productividad o de creatividad y talento. Mis alicientes son otros. Combinar texturas, colores y diseños me da placer. Siento una corriente de gozo al hacer maridajes de colores y estampados de telas y la sensación solo aumenta cuando las veo reunidas en un objeto o prenda. Comer algunos postres me da un placer similar, pero éste se desvanece rápidamente o convierte en grasa en mi cintura.

El segundo motivo por el que ahora coso fue inesperado. Coser me invita a ver mi cuerpo con objetividad y a hacer las paces con sus medidas y proporciones. Mi cuerpo nunca ha sido perfecto y menos perfecta he sido en aceptarlo tal cual es. Desde la adolescencia padezco una de las patologías de los tiempos: juzgar, criticar y sufrir mi cuerpo en lugar de cuidarlo, acogerlo y disfrutarlo. Este padecimiento es tan cruel como indignante y, tras 30 años de padecerlo, ya no se me antoja culpar a los demás. Es cierto que a las mujeres se nos juzga y tasa mayormente por apariencia externa y que la publicidad vende un ideal aspiracional de belleza que es de blanquita, esbelta y alta. Ni hablar de la torpeza o crueldad con la que algunos hombres se relacionan con la apariencia femenina. Pero, ante el contexto y condicionamiento debería imponerse el criterio y éso es lo que me ha faltado para aceptarme como soy y asumir mi cuerpo con sus formas y volúmenes propios.

La primera vez que usé la cinta métrica para tomar mis medidas sufrí; no quería conocer la diferencia exacta entre el ideal anhelado y la precisión centimétrica de mi figura. Puesto que la cinta no esconde la individualidad del cuerpo como lo hacen las tallas comerciales, las medidas exactas representan un talle que es propio y único. Para mi sorpresa, descubrí que tomarse las medidas para, posteriormente, hacer una prenda que las refleja y realza es un rito tan agradable como liberador. Los números en la libreta de notas y su expresión en tela y diseño dejan de ser juicios y se convierten en conversación amable con las dimensiones y geografía corporal. La ubicación y dirección de la pinza dialoga gentilmente con la forma del trasero y el largo que se decide para la falda lo hace con la estatura. Mis manos cosen para mi cuerpo y lo hacen con el mismo respeto que lo harían si éste fuese talla 0 ó 16.

Si pudiese cambiar una cosa de mi adolescencia sería ésa; me extirparía la obsesión de acercarme al canon impuesto y me haría estar a gusto con mi cuerpo. Pero no puedo hacerlo, como no puedo cambiar los efectos que la insatisfacción tuvo posteriormente en mi bienestar. Lo único que me queda por hacer es cambiarlo ahora, relativizar la importancia de la imagen, retirarme del campo de batalla autoimpuesto y cultivar una relación más sana y feliz con mi peso y medidas. Debo hacerlo en el contexto de mi feminidad y personalidad, que no aceptan costales de papas por atuendo. 

Mi máquina de coser y el pasatiempo de la costura han resultado ser mucho más que un pasatiempo. Conocer y practicar el proceso de diseño y confección de ropa me ha regalado un espacio placentero y saludable de conexión con mi cuerpo. Lo que elaboro para mí no es perfecto, pero se basa en el respeto por mis formas y refleja la intención de vestirlas no solo con ropa, sino con aceptación… y ese combo me parece el mejor atuendo posible.

Que no se hunda el barco

“Mi experiencia de llegar y empezar a vivir los temidos 50s no asume el hundimiento del barco de ser cincuentona, ni se parece al prototipo Lâncome de belleza y luminosidad fotoshopeada de Julia Roberts. Mis cincuentas son leales a su cifra; ni son nuevos cuarentas, ni anticipados ochentas.”

Anoche cené con una amiga querida; ella tiene 26 años y yo 51. Mientras platicábamos acerca de temas y preguntas que solo se comparten con el círculo más íntimo, no dejaba de sorprenderme el flujo, conexión y empatía que encuentro en alguien que podría ser mi hija. Fue ella quien un día dijo que ambas tenemos 26 y 51 cuando estamos juntas. Es cierto. La amistad nos instala en un territorio cronológico común en el que edades coexisten y permutan al mismo tiempo. Me sucede lo mismo con un amigo que supera los 80 años y con mi amiga más joven, de seis años. Si la edad es tan relativa y maleable en nuestra vida interior y en las interacciones significativas ¿porqué lo es menos en nuestros prejuicios y a nivel social?

Llegar a los 50 es un umbral al que temía. Parte de mi temor estaba fundamentado en arquetipos y prejuicios sociales y laborales acerca de la vigencia, de la belleza y de los cambios en actitud que la edad conlleva. La experiencia suena bien en la teoría, pero la edad que la hace posible puede ser hándicap en el mercado laboral. En lo personal, esta década tiene también sus retos. He escuchado a hombres y mujeres decir con sinceridad que preferirían no relacionarse sexual o amorosamente con “cincuentonas.” La preferencia no me sorprende; la palabra misma tipifica y resuena con otras “onas” marcadas con la letra escarlata en el idioma español (ej., solterona y gordinflona). ¿No es curioso como algunas palabras se bastan a sí mismas para contar una historia? Cincuentona es una de ellas. La palabra narra una historia de fronteras negativas que, aunque en proceso de cambio, aun resuena y permea. 

El arquetipo de las cincuentonas coexiste con una narrativa reivindicatoria en la que “cincuenta son los nuevos cuarentas” y ser “oldie” tiene su cara “cool.” La mujer del nuevo estereotipo es más Monica Bellucci que Libertad Lamarque y vive más exitosa, asertiva y cachonda que nunca. El mito de la mujer plena de “cierta edad” que desafía a las hormonas y a la gravedad es tan optimista como elitista y comercial; sienta parámetros difíciles de alcanzar y que requieren de miles de pesos mensuales untados e inyectados en la piel, en cuotas de gimnasio y en ropa favorecedora. Sobre todo, me parece que el nuevo ideal impuesto demora un proceso que, de propio, tomará largo tiempo y profundo trabajo emocional: aprender a envejecer con dignidad.      

Mi experiencia de llegar y empezar a vivir los 50s no admite el hundimiento del barco de ser cincuentona, ni se parece al prototipo Lâncome de belleza y luminosidad fotoshopeada de Julia Roberts. Mis cincuentas son leales a su cifra; ni son nuevos cuarentas, ni prematuros setentas. Esta nueva década me recibió con mejor salud mental que las etapas que la precedieron, con mayor curiosidad y con creatividad dando codazos para salir. También me recibió con cambios pre menopáusicos poco estéticos e incómodos, con pesadumbres asociadas a mi identidad profesional y con un enfoque hacia la vida que no siempre tiene la serenidad y sabiduría dignas de la edad.

Renunciar a vivir al margen de narrativas imperantes o emergentes no es tarea fácil. En mi caso, empezar a vivir los 50s con apertura, confianza y ligereza está requiriendo habilidades básicas de jardinería: desenraizar ideas preconcebidas y cultivar impresiones propias. Voy descubriendo gradualmente que abrazar los cambios físicos y las preguntas existenciales que acompañan a esta etapa precisan de una buena dosis de conciencia, realismo y valor. Allá afuera hay estructuras sociales, prejuicios y conductas que afectan la forma en que se me ve y trata; nada de eso está bajo mi control. Lo que está en mí es vivir mis 50s como realidad individual y no como sombra o proyección de lo que me dicen que es.

Un paso a la vez

“Lo que hasta hace poco fue brazada a brazada, hoy es un paso a la vez.”

Hace tres años me mudé a la Ciudad de México. Llegué aquí después de haber vivido más de dos décadas al lado del mar. Me equivoqué al creer que la transición tendría sus empellones; en realidad, el cambio fue terso y orgánico. Me adapté a la ausencia del océano como me he adaptado también a vivir lejos de la hija: con ambos omnipresentes en su ausencia.

Redescubrir mis pasos ha sido un resultado inesperado de la transición. Sin automóvil ni temperaturas extremas, regresé a usar mis pies como método favorito de transporte y como estilo de vida. Me gusta caminar. Al hacerlo no solo me traslado del punto A al B, sino que ocupo la ruta. Así es como me he instalado gradualmente en este entorno que, aunque familiar de origen, es también inédito. Vivir las calles a pie no solo hace mía la ciudad, sino que me libera de la rutina y de la convención. Sin tacones que den carisma o centímetros adicionales a la presencia, camino con los pies firmes en la tierra, sin pretensiones y con el ánimo dispuesto hacia el mundo. 

No importa la modalidad de atención con la que camine, encuentro quietud y conexión en los trayectos. No hay camino sin reflexión que lo acompañe, ni ruta sin intercambio de sonrisas, miradas curiosas o palabras con personas extrañas. Al ritmo de mis pasos revisito momentos, escribo en la mente, proceso emociones, resuelvo situaciones y crezco. También al ritmo de mis pasos interiorizo diferencias y similitudes con quienes me rodean. Ellas, ellos y yo caminamos invisibles, transitorios y presentes al mismo tiempo. 

Las calles me recuerdan constantemente que la creatividad no es dominio exclusivo de artistas y de exquisitos. Hay una plástica y literatura callejeras, fluidas y democráticas, con las que interactúo y me conmuevo en igual medida que lo hago con libros, museos y galerías. La creatividad allá afuera es mayúscula y se aprecia mejor a pie. Los grafitis son la versión más patente de ocupación de las calles por la estética e inventiva, pero hay muchas más expresiones de profundidad, belleza y talento. Mi favorita son los fragmentos de poesía sembrados a lo largo y ancho de la ciudad en la forma de pintas, aceras y papelitos pegados en muros y postes. También favoritas son las expresiones de amor y los epílogos filosóficos escondidos públicamente en la ciudad a manera de galletas de la fortuna.

Las mejores caminatas son las que se hacen sin rumbo fijo. La ruta la define el capricho, el ángulo de la sombra en turno y la distribución aleatoria de aquello que captura la atención. Caminar se convierte entonces en paseo y las calles se transforman en Walden de concreto. Aunque amo la naturaleza como Thoreau, creo que se equivocó al creer que los hechos esenciales de la vida solo se enfrentan en caminatas en el bosque. Las calles y sus azares también se viven deliberadamente y propician la contemplación. 

Suelo decir que una vez oceánicas las personas siempre serán oceánicas. Sé que yo lo soy. Confío en que la misma lógica aplicará gradualmente a mi condición de caminante urbana. Me gusta pensar que, esté donde esté y tenga la edad que tenga, los pasos que doy ahora permanecerán en la forma de hábito y de memoria. Lo que hasta hace poco fue brazada a brazada, hoy es un paso a la vez.