Mes: junio 2020

Estática epidémica

Tuve esta página abierta desde hace varias semanas. La página se habitó parcialmente, pero nada de lo escrito me hacía sentido o se sentía real. Mi intención era escribir acerca del paisaje emocional de la pandemia, pero sin éxito alguno. Lo único que escuchaba y veía en mi interior era estática interrumpida de vez en cuando por un canto de pájaro e imágenes al azar. 

Lo mío no es la reacción de vía rápida, sino la digestión gradual de las experiencias. Primero me pasmo o niego, después me hago lío, prosigo con ansiedades y, solo cuando este trío termina su espectáculo, logro tener una alguna dosis de claridad de entendimiento. Eso explica que solo hasta el segundo tiempo de los últimos tres meses haya logrado interiorizar la magnitud y obstáculos del laberinto epidémico. Me está tomando más tiempo reconocer las consecuencias más amplias, de mas largo plazo y que involucran a quienes viven distinto a mí.

Las frases hechas no me ayudan en la digestión del contexto. Palabras como “la nueva normalidad,” “situación sin precedente,” “atolladero evolutivo” y “el mundo que ya no existe” solo aumentan el volumen de mi confusión. La primera frase me hace pensar en un escenario tipo Aldous Huxley cuando, lo que percibo dentro y fuera de mí, es una realidad continua que, aunque cambiante, no se renueva del todo y mantiene elementos que le son propios. Tampoco logro identificarme con el optimismo de las personas que anuncian la llegada de un nuevo orden moral, económico y social. Tal vez soy cínica, pero no logro aceptar que lo que ahora apesta se volverá mas virtuoso cuando el infortunio, ahora rampante, se desdibuje con el olvido.

La realidad, sin esconderse, nos pilla por sorpresa y con estrépito. La epidemia no crea una nueva realidad, solo quita el velo a la ya presente y retira, sin gentileza, los algodones que usamos para amortiguar los hechos duros de la existencia. Somos breves, somos vulnerables y estamos absurdamente mal equipados para lidiar con estresores. Solo así puedo explicarme las compras de pánico de papel sanitario, el altísimo número de noticias y comentarios acerca de la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis y la histeria racista. Las mejores palabras que la reflexión crítica puede ofrecer no tienen posibilidad alguna de rating frente a la ráfagas de miedo y las imágenes apocalípticas. No hay héroes ni covidiotas; somos tan humanos como siempre y se nos nota más por estar en una situación límite compartida.

No es de sorprender entonces que una se quede pasmada y sin saber dónde terminan los hechos e inicia la fantasía. Hasta las medidas públicas parecen bailar en esa frontera ambigua que lo mismo gestionan percepción y medio que epidemiología. El virus es el enemigo común, es “lo otro” que nos amenaza y no hay heroína o héroe tipo Marvel que salve el día. Por lo menos, no el día de hoy. Esperamos con ansía la vacuna igual que un niño sentado en el asiento trasero de un auto, durante un largo viaje, que pregunta constantemente —¿ya casi llegamos?

Los pequeños y abundantes actos de gentileza espontánea y organizada que ocurren durante estos días atenúan la desazón. Si la llamada o mensaje afectuoso para preguntar cómo se está aligera la carga, no puedo ni imaginar lo que es recibir una despensa cuando bolsillo y alacena están vacías. La solidaridad es necesaria, aún indispensable, pero no resuelve la pregunta de fondo: ¿cómo vamos a vivir con el virus y qué haremos como individuos y como comunidad para afrontarlo?

El ruido blanco, como el de la estática, es sonido no estructurado. Emite todas las frecuencias a la misma potencia y hace que escuchemos una cantidad masiva de información aleatoria que ayuda a mitigar otros sonidos que generan molestia. Por eso se usa para ayudarnos a dormir, a ignorar ronquidos y a concentrarnos mejor. Me hace total sentido entonces que la reacción inicial ante la pandemia parezca sonido de estática y que sirva como mecanismo de protección ante información que incomoda e intimida. Pero, así como  la exposición prolongada al ruido blanco es insostenible para el cerebro, quedarse en la estática epidémica es poco recomendable para las personas y para nuestras pequeñas y grandes comunidades.  Voy a apagar el ruido, dar cara a los hechos y seguir adelante. 

La banda sonora de estos meses es ruido de estática y el sentimiento en juego es el miedo. No digo que lo sea para equipos médicos dando la batalla en hospitales o para familias sufriendo la pérdida de un ser querido del que no pudieron despedirse. Es mi condición y la comparto en caso de que otras personas se pregunten, como yo, si eso les califica como “covidiotas.” 

En defensa de mi esposa

Crecí en una familia que no tenía los recursos económicos para pagar viajes a Yellowstone o al Serengueti. Mi primer conocimiento acerca de las áreas naturales protegidas del mundo (ANPs) fue a través de programas de televisión y documentales que mostraban oseznos trotando tras su madre en parajes boscosos. Los osos en la ventana cinescópica, las luciérnagas en el terreno baldío al lado de mi casa y los libros de naturaleza que la madre me regaló hicieron la magia: la naturaleza me enganchó.

Elegí el tipo de trabajo que quería hacer tras participar en la creación del Parque Nacional Cabo Pulmo. Después, tuve la fortuna de dirigir un área natural protegida y de ayudar a crear algunas más. A este amor inicial por las ANPs le siguieron muchos otros amores temáticos, pero mi corazón tiende al acomodo en capas. Continúo involucrada en asuntos de áreas protegidas y algunas de las formas más significativas en las que lo hago son a título personal y sin remuneración. No es chamba, es gusto y causa.

Uno de mis momentos favoritos en tantos años de cercanía con las ANPs fue en la Isla Espíritu Santo. Tras muchos y tensos líos para regresar la propiedad de la isla a la nación, me tocó recibir el documento oficial en el que se reconocía el cambio. Lo que pudo ser trámite burocrático se convirtió en una especie de boda entre la isla y yo, en una de sus playas mas icónicas y sin medios de comunicación. No hubo vestido blanco sino uniforme azul, pero sí hubieron palabras de intención y testigos con lágrimas en los ojos. Uno de ellos fue el mítico Timoteo Means. Desde entonces bromeo diciendo que la isla es mi esposa, pero atrás de la gastada broma hay cariño copioso y lealtad hacia ese pedazo de tierra que flota en el mar que es mi hogar.

En un mundo perfecto no habría áreas naturales protegidas. Tampoco habría calentamiento global, pérdida de biodiversidad o contaminación. No habría porque sabríamos reconocer y negociar mejor el interés público con el interés privado. Todo indica que como sociedad aún somos lerdos en la tarea de balancear intereses, así que necesitamos identificar lugares que son especiales y decir “aquí haremos las cosas de manera diferente.” Eso es lo que son las ANPs: lugares en los que hacemos el compromiso de hacer mejor las cosas por el bien de la naturaleza y por el bien de nosotros mismos. Llámenme cursi o neoliberal, pero veo belleza en ese tipo de compromiso y propósito.

Me emocionan los tweets, posts de Instagram y demás expresiones recientes de interés de  personas desconocidas y conocidas que piden que haya financiamiento para las ANPs. Soy una de estas miles de voces y sonrío desde aquí al resto. Tal vez es sueño guajiro, pero elijo pensar que no será algo aislado. Mas allá del contexto presente, espero que muchas de estas personas  (famosas y no) seguirán usando su voz y elocuencia para hablar por la naturaleza. Yo seguiré también, en las buenas y en las malas, en defensa de mi espectacular esposa.

Mi espectacular esposa: Isla Espíritu Santo (fotografía de Javier Rodríguez, cortesía de la Sociedad de Historia Natural Niparajá.

Una carta de amor y una canción desesperada

Hoy es el Día Internacional de los Océanos. A veces olvido que estudié Biología Marina porque la vida me ha permitido marchar hacia la interdisciplinariedad y diletantismo que mejor reflejan mi personalidad. Mi vida laboral se alejó de la diligencia que requieren las ciencias marinas exactas y transcurre en los malabarismos sociales, políticos, económicos y legales que se requieren para reconciliar la salud de los mares con las actividades humanas y el bienestar de las personas.

Cuando una comparte que es bióloga marina u oceanóloga, algunas personas tienden a imaginar estilos de vida de aventura e impráctico glamour. No lleno el estereotipo, así que dejé de presentarme como tal. No soy dueña de una embarcación y me desmayo al bucear, pero llevo en mí al mar como si fuera uno de mis órganos. Ese es el asunto con el mar: se te filtra y una pasa el resto de sus días sonando a olas y con sardinas nadando en el interior. 

He pensado en el mar, en los ríos y en los bosques durante estos días de confinamiento pandémico en un departamento de ciudad. Aquí no hay mar que reste viscosidad a las horas, ni río que mantenga su dignidad hídrica intacta. La redención de las calles a mi alrededor son los árboles que dan fe de que la primavera no transcurrió en vano. No me quejo. Me gustan esta ciudad y sus bravatas, pero extraño el mar como se extraña a un ser querido cuya ausencia se nota, aunque no se sufra. 

La añoranza de mar trajo a mi mente algo que leí en un libro de Rebecca Solnit (Una guía sobre el arte de perderse). Ella me recordó que el color azul es luz que se pierde. Viaja desde el sol hacia la tierra y se dispersa entre las moléculas de aire y agua. El agua del océano, de sí transparente, se llena de esta luz y se viste de azul. Lo mismo ocurre con ese tono especial de azul que vemos en el horizonte distante y que parece reunir a la tierra con el cielo. Ya que el azul tiñe aquello que no podemos alcanzar, hace sentido que las emociones de la nostalgia y anhelo se sientan en tonos de este color. Como dijo Rebecca, el azul es el color del lugar donde no estamos y el del lugar en el que nunca podremos estar.

Mi azulada necesidad de agua, sal y bosque me cae bien. Me cae bien porque me  devuelve algo que soy y siento desde que tengo memoria. En el quinto piso de la vida y en este departamento de la Ciudad de México soy aún la niña que adornó la recámara con su colección de hojas y rocas, la adolescente que huyo al mar a los 17 años, la mujer que reunió una amplia colección de timbres postales con plantas y animales del mundo, la interesada en áreas naturales protegidas, la admiradora de las personas que trabajan en la pesca y la persona que, absolutamente siempre, se sentirá mejor en el instante en que su cuerpo toca el agua marina. 

Solía pensar que los días internacionales de nada sirven. Tal vez sea así. Pero, tratándose del día en que se celebra el extraño, rico y bellísimo espacio azul, no puedo evitar llenar mis pulmones con un suspiro que absorbe oxígeno marino, escribir esta carta de amor y entonar una canción desesperada para que otras personas y mi país volteen hacia el mar.

Fuente: British Library (https://www.flickr.com/photos/britishlibrary/)