Tras la niebla

Hay cosas que no dejan de asombrarme. Uso la palabra asombro con conciencia y para englobar aquello que conmueve y causa admiración o extrañeza. Todo esto me provoca un pasmo momentáneo y desorientación, seguidos por la sensación de no alcanzar a comprender del todo lo que está sucediendo o lo que estoy sintiendo. El resultado es exquisito porque, aunque durante esos instantes renuncio a la razón y me concentro en ser habitada por lo que estoy experimentando o presenciando, las cosas o las personas parecen lucir con mayor claridad ante mí. 

El asombro del que escribo no es solamente frente a lo nuevo y desconocido, sino también ante lo que ya hemos visto, escuchado, sentido o pensado antes. Algunas de las cosas que me sorprenden son cotidianas y otras menos mundanas. En la primer categoría está, por ejemplo, lo que siento cada vez que camino en un parque o en un bosque. Hay, incluso, infinidad de cosas en la convivencia diaria con mi gato que me causan admiración, como lo que siento cuando pega su cuerpecito panzón al lado de mis pies y su capacidad de comunicación para solicitar comida. 

La categoría de lo conocido, pero ahora menos habitual, está también llena de asombros. Un viaje reciente a la costa me recordó varias de ellas, incluyendo la sensación de pequeñez y bienestar de estar bajo las estrellas y la calidad de la luz que hay al lado del mar justo después del atardecer. De esto último encuentro sorprendente algo que no logro definir del todo; no es solo que todo parece mas bello bajo esa luz, sino que seres vivos, objetos y agua parecen mas reales y presentes que de costumbre. ¿Porqué es así? Aún cuando vivía al lado del mar nunca dejó de conmoverme la transformación crepuscular y el gozo que me traía.

Fiel a mi personalidad, una de mis modalidades favoritas de asombrarme son las emocionales. No es raro, por ejemplo, que ame a mi hija; lo que me maravilla de vez en cuando es la profundidad y las numerosas ramificaciones de sentimientos que se derivan de este amor. Lo mismo me ocurre con el árbol de emociones en torno al trabajo. En este sentido, hay algo que me conmueve en particular y son las emociones que habitan cada proyecto y cada proceso en los que participo. Atisbar estos sentimientos en los demás me conmueve profundamente, especialmente cuando lo que asoma es lo más difíciles de aceptar y compartir socialmente, como la frustración, el ego, el enojo y la inseguridad.

Mas sorpresa me causa aún el notar las emociones que son parte de una relación de pareja. Apenas pude disimular mi asombro hace solo algunos días ante unas palabras del bienquisto y el tono de voz y la mirada que las acompañaron. No dijo algo que no me hubiese compartido antes y, sin embargo, escuché sus palabras y viví el momento con sorpresa e intensidad frescas. Ése es también el asombro con el que echo de ver varios de los sentimientos placenteros y difíciles que me surgen en la interacción con él y como, a través de ellos, me veo con mayor claridad a mí misma. 

Heidegger sostenía que todos los objetos están cubiertos de una niebla o velo que los vuelve indiferentes u opacos para el hombre. Tal vez es así y esa niebla aplica también a las personas y a los sentimientos. El asombro surge cuando se nos revelan súbitamente y podemos, entonces, verles con claridad. De ser así, confío en mantener y alimentar mi capacidad para descorrer el velo y ver, mediante el asombro, lo que se esconde atrás de este muy nebuloso mundo. 

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