Cuando soy la enemiga

Hace algunos años me invitaron a un desayuno de trabajo. Por retraimiento o por confianza en quien me invitó, no hice preguntas acerca del propósito, ni de los participantes. Solo sabía que se trataba de un grupo pequeño en el que platicaríamos acerca de nuestra ciudad. Llegué de buenas y con hambre, repartiendo sonrisas a los pocos asistentes. Entre ellos estaba un caballero que era dueño de un desarrollo turístico criticado y legalmente cuestionando por grupos de conservación del ambiente. Una vez que el café tuvo su necesario efecto en mi capacidad de percepción, noté la animadversión y la evidente incomodidad del hombre. Con los años se me ha hecho natural poner atención al lenguaje verbal y no verbal de las situaciones. El suyo era un lenguaje corporal de tensión que me pareció incomprensible, pues era la primera vez que hablaba con él. Hice lo que suelo hacer bajo este tipo de circunstancias: centré una buena parte de mi atención en él, traté de tener una lenguaje corporal abierto y hacer preguntas que me ayudasen a comprender la razón de su incomodidad.

El caballero cambió gradualmente su actitud conforme avanzó el desayuno. Quiero creer que mi conducta abierta y, más aún, la habilidad del anfitrión para propiciar una conversación franca lo hicieron posible. Solo entonces comprendí que, en su mente, yo era la enemiga. Sin entrar en detalles o en juicios de valor acerca de su proyecto, entendí el alcance de su frustración y enojo ante lo que, para él, era injusto. Sin importar el hecho de que nunca participé en acciones relacionadas con su proyecto, me identificaba como parte de lo que, en su opinión, era un grupo radical de opositores del desarrollo. Habló animadamente de “nuestros” conflictos, de la polarización de nuestros respectivos bandos y de sus sospechas acerca de los intereses que “los otros” defendemos. Su generosidad al destapar su animadversión me permitió hacer lo propio y hablarle acerca de mis impresiones. Resultó que el propósito del desayuno era justo ése: sentar a los polos a platicar. Se trataba de una especie de cateo experimental de propósitos compartidos que, tras la conversación, descubrimos. Nos despedimos como amigos y, me alegra decir, nos saludamos y platicamos varias veces después de aquel encuentro.

Recordé esta historia hoy tras presenciar un grupo de enfoque con mujeres que trabajan en la pesca. Lo recordé porque me sentí identificada al escucharlas. Nuestras vidas son diferentes y hemos estado en lados opuestos de posturas. No obstante, yo deseo para el océano y para su comunidad lo mismo que ellas desean. Algunas de las hoy presentes participaron hace años en una álgida manifestación en contra de algo promovido por mí y que implicó cambios en la forma de trabajo de sus esposos, hermanos y amigos. Tengo el recuerdo claro de una de ellas, la más vocal, blandiendo un palo frente a mi rostro. Hoy, mientras la observaba y escuchaba hablar del pasado y del futuro de la pesca, me pude ver a través de sus ojos. Ellas tuvieron sus motivos para protestar y amenazar y yo los míos para promover y continuar a pesar de las protestas.

Es fácil tener posturas y no lo es tanto el abrirse a comprender las de los demás. Quedarse en el papel de la enemiga requiere menos energía y trabajo. No es ilógico tomar el palo y blandirlo ante quien nos amenaza, especialmente cuando los contextos e intereses parecen diferentes; tampoco es ilógico cerrarse a comprender tras los palazos. La lógica de la ecuación se pierde cuando ambas partes pierden al hacerlo. Lo que hizo mi amigo en aquel desayuno fue romper el círculo vicioso de la percepción distorsionada del otro y lo hizo a través de dos herramientas de bajo costo: la conversación y el trato.

Supongo que, como en las dos historias, allá afuera hay otras personas que me consideran en abierta oposición a sus intereses. Y es posible que así sea. Solo espero que antes de disponerse a obsequiarme con palazos me obsequien la oportunidad de comprenderles y de que me comprendan. Sea o no la enemiga, nadie pierde con una conversación y con un buen desayuno enfrente.

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