Las pocas sílabas

Solo la poesía nos implica.

Ursula Le Guin

Sentir que estoy constantemente ocupada ocupa un sitio estelar en la lista de mis cosas menos favoritas. No obstante que me encanta mi trabajo, la sensación despertar-trabajar-comer-trabajar-dormir-despertar sin tregua lesiona mi salud mental. Es difícil articular las razones por las que la excesiva productividad me afecta así. Es como si el tiempo se convirtiese en una rueda para hámster en la que troto sin cesar, pero sin ir a alguna parte; por lo menos no hacia alguna parte que me llene del todo.

Aunque hay rachas de carreras en la rueda, me he construido flexibilidad y tiempo libre en el trabajo. No siempre fue así. Solía ser tan workaholica que estuve en mi oficina hasta dos horas antes de que naciera mi hija y firmé cheques y atendí otros asuntos una semana después. Decirlo me hace una mujer contemporánea, haberlo vivido fue absurdo. Cada quien es diferente; en mi caso, no poner límites tuvo el tipo de consecuencias que hacen que uno modifique hábitos y prioridades. Ahora cultivo y defiendo ferozmente pausas y rincones de quietud que me dan la posibilidad de bajarme de la interminable cinta, de recuperar la noción del tiempo y de sondear otras formas de ser y de estar. Leer poesía es uno de mis “rincones” predilectos. 

El gusto por la poesía inició cuando era niña y mi madre me regaló lo que debe ser una de las ediciones más humildes de libros en el país. Era un compendio de poesía mexicana que compró en algún puesto de terminal de autobuses. No puedo decir que comprendí o que aprecié todo su contenido, pero sí que la cadencia de algunos de los poemas me marcaron profundamente. Desde entonces, el tejido cuidadoso de las palabras en algunos poemas y la armonía que se crea entre ellas se acompasan con mi respiración y me serenan. Esa combinación hace que el momento adquiera una elasticidad diferente y que el tiempo me trate en igualdad de términos. 

La poesía responde a una necesidad que encuentro difícil satisfacer por otras vías. A menos que se trate de un plato con chilaquiles o de una injusticia, casi todo en la vida me parece inasible y arduo de detallar. Inaprensibles me parecen los sentimientos, la belleza y hasta la medida de mi existencia.  Me parece que se desvanecen y pierden algo de su autenticidad al mirarles de frente y tratar de representarles con palabras. Solamente el lenguaje de la poesía parece describir adecuadamente y asir desde adentro lo que alcanzo a rozar por instantes. 

La ciencia y la lógica pueden explicar las cosas pero, como dijo Ursula Le Guin, solo la poesía nos implica. A través de poemas puedo interiorizar, dotar de palabras y penetrar emociones y conceptos que, de otra forma, encuentro inasibles al entendimiento. Ya que carezco de fe en el sentido religioso de la palabra, hasta la idea de Dios me parece asequible a través de la poesía. Así, interiorizo mis pérdidas con Elizabeth Bishop, hago mío el bosque con Mary Oliver, comprendo y me comprometo con E.E. Cummings, asimilo un color de piel que no es propio con Audre Lord, comprendo la dimensión del dolor con César Vallejo, confronto tristezas con Sylvia Plath, y con Wislawa Szymborska me sujeto a la vida y no me suelto de ella.

James Baldwin dijo que los artistas son historiadores espirituales. Tiene razón. Así como la historia nos ayuda a ver más allá de las circunstancias inmediatas, un poema nos permite transcender la percepción individual y acceder al inventario emocional de la condición humana. A través de la poesía enlazo preguntas abiertas, las pequeñas dichas y heridas con las de poetas que vivieron antes que yo y con las de quienes habitaron o habitan entornos aparentemente diferentes a los míos. No sé si mi realidad entra en el poema o si el poema penetra la mía. Solo sé que salgo de su lectura con un sentido más claro, paradójicamente íntimo y unánime, de mi experiencia.

La poesía no es para los selectos y exquisitos; es de todos y es de nadie. Por eso me gusta tanto que el ancla de mi experiencia en la poesía haya sido aquel libro sin pretensiones, comprado en el quiosco de una muy sencilla estación de autobuses. Me gusta también pensar que, desde entonces y sin ser poeta, habito los universos de las pocas sílabas que son los poemas. En estos universos, como dijo Octavio Paz, sin moverme me quedo y me voy, disipo el instante y me convierto en pausa del maratón de mis prisas.

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