Con la fiesta adentro

“…no tomé el micrófono pero sí que lo hice en mi mente y rendí el debido tributo a los muertos, a los vivos y a la ebria concurrencia.”

A Emilia, mi hija, le gustaba ir a la feria. Pedía subir a todos los juegos mecánicos y, sin importar la velocidad, mantenía la misma expresión en su rostro. Recuerdo un día en que, a bordo de uno de esos autos coloridos que giran una y otra vez sobre su eje, ella veía fijamente al frente mientras el resto de las niñas y niños sonreían y saludaban a sus respectivos progenitores. Solo ella, de apenas tres años, mantenía el rostro serio mientras pasaba frente a mí. Años después, al recordar juntas la fase de los juegos mecánicos, me dijo que en su cerebro ella gritaba y aplaudía por la emoción a bordo de los juegos. La comprendí sin problema porque suelo ir por la vida vitoreando por dentro o cuando pocos me ven.

Este recuerdo me vino a mente hace algunos días en un bar de karaoke. Era mi cumpleaños y, en el más bello estilo bola de boliche de Homero Simpson, el bienquisto me propuso celebrarlo así con amigos. Él canta maravilloso y una de las personas que nos acompañaban también. A mí me situaban en las últimas filas de coros escolares para que no se notara que desentonaba ni afectara los gorjeos de coristas con mayor fortuna musical. Sobra decir que no tomé el micrófono pero sí que lo hice en mi mente y rendí el debido tributo a los muertos, a los vivos y a la ebria concurrencia. Sin aplausos ni falso-Mijares vitoreando, canté lo mío y me divertí como la que más. ¿Cambia algo el que yo cantara e interpretara por dentro en lugar de por fuera? No para mí pero, he aprendido, que sí lo hace para los demás.

Parte del proceso de conocer y abrazar mi personalidad ha sido comprender que mi molde y forma de conducir en la vida no son los más populares. No lo digo solo porque el mestizaje me falló al no dotarme de entonación y ritmo, sino porque funciono en los caminos de la introversión. Soy social, me gusta estar con personas, soy platicadora, pero las multitudes no me energizan y no requiero de salir tanto como otras personas lo hacen. Mi cuerpo, por otra parte, nunca ha sido muy apto para la fiesta. No puedo con el exceso de alcohol, me cae fatal desvelarme y le faltan varias rayitas al volumen de mi voz. Dicho en otras palabras, mi fisiología y estilo de diversión suelen no estar a la altura de las circunstancias.

Tener una naturaleza callada en un mundo ruidoso y sin tregua social tiene sus asegunes. Hace solo pocos años que supe que la suma de algunos de mis rasgos de carácter se llaman introversión. Me sirvió leer un libro titulado Quiet (El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse), escrito por Susan Caine (su Ted Talk es fantástico y tiene la opción de poner subtítulos en español). Me sentí reflejada en las historias del libro y, como en el caso de los temas de género, comprendí que muchos de los compromisos que hago para adaptarme al mundo laboral son en respuesta a la generalizada subvaloración que existe acerca de los introvertidos. Hay un sesgo occidental hacia las personas alfa, ruidosas, asertivas y gregarias del que es difícil escapar. Las voces calmas y personalidades menos dominantes no se reconocen en automático como las creíbles, atractivas y de peso. En el mundo de adolescentes y personas jóvenes hay un repertorio amplio de epítetos de baja monta social para etiquetar la introversión.

Si las estadísticas son correctas y un tercio de la población mundial tiene rasgos de personalidad introvertida, entonces es momento de que nos eduquemos mejor en la convivencia con el 33%. Lo primero es no caer en clichés y mitos; la introversión no es un rasgo índigo, ni es una carencia social. Tampoco es sinónimo de timidez; es una forma de reaccionar a los estímulos del mundo y de manejarlos. Los extrovertidos recuperan energía alrededor de personas; los introvertidos lo hacemos de formas más calladas, solos o con quienes nos sentimos en confianza. Los extrovertidos organizan y animan la fiesta; los introvertidos solemos llevarla dentro. Ni unos más, ni los otros menos; solo somos diferentes.

Un rasgo central de la introversión es que tenemos una mayor necesidad de estar a solas y en grupos pequeños. Después de interacciones sociales necesitamos tiempo en calma para recargar la batería. En culturas como la mexicana este rasgo tiene consecuencias laborales y sociales. Aquí, después de conferencias y talleres ocurren las “otras reuniones,” las nocturnas, en las que se crea confianza y se cierran alianzas al ritmo de mezcales, tequilas y sobremesas eternas. Aunque no asistir suele ir en contra de mis intereses laborales, ya hice paz con el hecho de que mi prioridad es dar descanso al cerebro cuando así lo requiere. El tiempo que los introvertidos requerimos a solas no es sinónimo de indiferencia o de aislamiento. Sin tiempo a solas es difícil ser lo que se es y se desea ser alrededor de los demás.

El momento karaoke me hizo pensar que, quizá, como en el recuerdo de Emilia, no se me notan las emociones como las siento. Tal vez tampoco es evidente lo mucho que disfruto estar cerca de personas aunque no asista a los posteriores mezcales en grupo. La verdad es que vivo con júbilo mis administrados momentos sociales porque me conozco y honro mis necesidades de quietud. Y, aunque a veces parezca que voy por la vida viendo al frente en mi carrito de feria, quiero que mi epitafio diga lo que, como en mi cumpleaños, posiblemente mi rostro no expresa: Gracias, lo pasé divino.

4 comentarios sobre “Con la fiesta adentro

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