Pienso, decido, hablo y les aviso

Para Emilia y Camila

Entonces niega y reniega
maldice y discute entonces
se subleva y denuncia
y entonces no
no renuncia a ser.
Sólo piensa, decide, habla
y le avisa a todos
que a partir de ahora
será
una mujer
.”

Rupi Kapur (Desde el Principio)

Usar copa D es una de las características de mi cuerpo que más me ha costado aceptar. Es el caso porque, aún en los tiempos #metoo, mostrar mi pecho equivale a tener miradas constantes en el escote. Ha sido así desde que tenía 13 años y hombres de 20, 30, 40, 50 años me veían con intensidad, haciéndome sentir incómoda e intimidada. Aunque la voluptuosidad puede llegar a ayudar en la gestión de relaciones con el género masculino, no es el tipo de PR que deseo. Elijo mi atuendo tomando en consideración el contexto y a mis interlocutores. He considerado y practicado la alternativa me-vale-un-carajo pero basta una mirada directa a “la zona” en lugar de a mis ojos para confirmar mi decisión.

Mis senos, como el resto de mi cuerpo y apariencia, no deberían ser parte de mi moneda de cambio con el mundo; excepto que lo son. Belleza, raza, kilos, forma, distribución, color y edad del cuerpo son variables que afectan percepción y trato al ser mujer. Por eso disimulo las canas, acentúo las pestañas y me he obligado a bajar los kilos que subí al entrar a la socialmente-castigada peri menopausia. 

Las consideraciones de copa, peso y producción de imagen son solo algunas de las numerosas micro-decisiones que forman parte de la experiencia de vivir en un cuerpo de mujer. Las adaptaciones y concesiones cotidianas para conciliar el género y la identidad femenina con el entorno laboral y social son tantas, que se necesitaría un prontuario para empezar a describirlas. Mis “adaptaciones” son triviales en el contexto más amplio del ser mujer, pero son la punta de un iceberg del que, admito con pasmo, solo recientemente he empezado a ser consciente. Bajo el agua están conductas, incidentes, comentarios, percepciones, formas de relación y acusaciones que han acompañado mi vida y que tendí a dar por sentado, a ignorar, a desechar, a olvidar pronto y a normalizar. 

Gozo de privilegios. Crecí en una familia 100% matriarcal. Durante mi niñez hubo pocos y nada-patriarcales hombres a mi alrededor. No fui abusada sexualmente, ni mi condición de “niña” fue usada en mi contra o como factor explícito de destino. Mi aspecto alcanza a ubicarme en el lado cómodo del eurocentrismo que caracteriza a México y tuve la fortuna de recibir un nivel escolar por encima del promedio nacional. La última persona que me mantuvo fue mi madre y de eso hace ya varias décadas, pues tengo un trabajo que me gusta y bien remunerado. Soy madre soltera, me muevo en la comodidad social de ser heterosexual y vivo mi vida amorosa sin culpas cristianas. Reconozco que estos factores otorgan prerrogativas que hacen posible mi burbuja, mis decisiones y mi estilo de vida. Hay mujeres con mayores ventajas personales, sociales y económicas que yo, pero infinitamente más mujeres tienen menos.     

De temas de raza y clase he sido más consciente desde niña. Pero, no sé si por privilegios, por generación o por instinto de adaptación, no había pensado mucho acerca de la forma en que los estereotipos de género, el machismo, la hipersexualización y la violencia suavizada contra las mujeres han permeado mi vida y la vida de las demás (madre, primas, abuela, amigas e hija incluidas). Mucho menos había reflexionado acerca de cómo se combinan y potencian estos prejuicios con los de raza, clase y preferencia sexual. Supongo que difuminar las causas y efectos del machismo desplegado por hombres y mujeres es uno de los mecanismos que he desarrollado para abrirme paso y hacer camino propio. Pero efectos han habido y hay. Tengo derecho de uso del hashtag #metoo y puedo palomear, en abundancia, la lista de micromachismos que se me aplican de forma habitual. Me sonroja reconocer que he tenido también sesgos de género que en nada contribuyen al reconocimiento de las diferencias y a crear las condiciones de igualdad y de libertad que todos merecemos (que todEs merecemos). Ahora veo como parte de mi buena fortuna el que el sistema que aun condiciona tan radicalmente la vida de millones, solo haya dejado heridas menores, incongruencias, sesgos corregibles, traumas gestionables y puntos ciegos en mí. Pudo haber sido mucho peor.

Los cambios sociales no ocurren de inmediato y el cambio personal tampoco. Algunos modos de hacer y de intervenir en lo público de las nuevas feministas y los nuevos feminismos me hacen sentir incómoda y en disenso. Aunque endorso su derecho y admiro su valor, todavía trabajo para acomodar en mi mente a mujeres transexuales y a mujeres que eligen abortar. Aún aprendo el lenguaje de la equidad e interiorizo el nuevo veliz discursivo del movimiento feminista. Solo empiezo a comprender que ser mujer no es algo tan concreto, biológico y homogeneizador como yo creía, sino una suerte de subjetividad que se va redibujando en el tiempo a través de nuevas categorías y valores individuales y sociales.  

Imagino que, como yo, millones de mujeres y hombres revisan y se replantean cosas que dimos por sentadas acerca de nuestros géneros. Por mi proceso gradual de cuestionamiento agradezco a numerosas mujeres y hombres. El activismo y palabras de mujeres conocidas y desconocidas me marcan y educan. Las nuevas masculinidades que practican muchos que me rodean me ayudan a resignificar y a cultivar relaciones de mayor correspondencia con los hombres. Mi amor por una hija inteligente, independiente y guapa de 19 años me obliga a tener los ojos y la mente abiertos. Me siento en deuda con poetas, con feministas que me pueden llegar a irritar, con las mal-llamadas provocadoras de la Ciudad de México, y con miles que llenan el espacio público con camisetas verdes, con glitter rosa y con pintas.

Me niego a usar mi conciencia en ciernes como escudo y lanza.  No deseo seguir albergando pensamientos acerca de mi cuerpo y concepción del amor nutridos desde una visión distorsionada de los roles de género y del cuerpo femenino. No quiero seguir tolerando y silenciando conductas cotidianas que esconden condescendencia, violencia y discriminación hacia mí o hacia otras mujeres. Acepto que hay infinidad de matices en estos parámetros pero, como dice el poema de Rupi Kapur, pienso, decido, hablo y les aviso que seré mujer en ellos. Es el camino hacia una relación más sana conmigo misma y hacia la única igualdad que me hace sentido: la de la igualdad en la diferencia.

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